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Savin' me {Priv. Hope}

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Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Miér Dic 04, 2013 1:55 am



Savin' me


¿Existen los ángeles, papá? — Preguntó el infante, colgándose de la mesa con sus brazos, intentando ver los objetos que descansaban por toda su extensión. Aún no había alcanzado los seis años de edad, pero entendía que el imponente Cazador que se sentaba frente a él estaba haciendo balas con rocas de sal. No matarían a una persona normal, pero sí causarían heridas terribles a un demonio.
John sonrió ligeramente ante su pregunta, mientras recogía un nuevo proyectil de ese mineral letal para los demonios, repitiendo el progreso con un cartucho nuevo.
Sí, hijo, ellos existen. — Murmuró con voz seca, el mismo tono que usan los padres cuando intentan evitar que sigan que el tema.
¿Entonces por qué no hacen nada? ¿Por qué tienes que hacer todo solo...? — Se quejó adoptando una expresión de molestia demasiado infantil para un niño tan maduro, inflando sus mejillas mientras miraba atentamente como su padre dejaba a un lado una nueva bala.
John detuvo sus acciones, tomando un trapo para limpiarse los restos de suciedad de sus manos. Se levantó y se dirigió a su hijo, agachándose sobre su rodilla para mirarlo a los ojos. Su expresión no era sonriente, tampoco se reflejaba amor en ella. Era el semblante de un educador, de alguien que ansía que una lección sea aprendida.
Porque este es nuestro mundo. De nadie más. Y nos toca a nosotros protegerlo. Si no nos ayudamos los unos a los otros, nadie más lo hará. ¿Comprendes?
Formando una casi perfecta línea con sus labios, el pequeño asintió, sabiendo que su padre no lo dejaría ir hasta que no lo dijese.
Jensen jamás volvió a hablar de ángeles con él. La idea de que héroes alados salvarían a su familia desapareció a medida que crecía entre las penurias de la vida del Cazador. Ningún enviado del Cielo bajó de entre las nubes a salvarlo, ninguna luz sagrada lo libró de sus ataduras. Sólo estaban él, y su padre. Y cuando quedó al a deriva, por su cuenta, se rindió a esta idea.
El niño inocente que creía en ángeles, murió.


Sed. Irremediable e inexorable sed. Una necesidad que se había vuelto vital para él, como un instinto bajo y primitivo; imposible de ignorar, imposible de vencer. Cuando la última gota dentro de aquella metálica botella de licor se vertió sobre su garganta; lo supo.
Era hora de alimentar a la bestia, antes de que esta se apoderase de él. La parte humana del muchacho debía pararse frente a esa jaula, con la llave temblando entre su índice y su pulgar. Y tener que ver ese monstruo que había creado, al que había confiado la tarea de su vida.
Jensen no era un bebedor, mucho menos un alcohólico, el contenido de ese recipiente escapa a la imaginación del más inquisitivo. Tampoco serviría de nada preguntar a dónde iba. Mas bien la interrogante sería: a qué seguía.
Cristo.
Murmuró en voz baja, caminando en una postura como si tuviese frío. Sus manos descansaban en el interior de los bolsillos del montgomery que llegaba hasta la mitad de sus muslos. Su boca yacía escondida detrás de esa bufanda roja ondeando al viento de esa tarde gris. Era una figura fácil de ignorar, fácil de obviar. Justo lo que necesitaba.
Cristo.
Murmuró acelerando el paso. La palabra en latín, el nombre de Dios, era una blasfemia para cualquier ser del Averno. Los obliga a mostrar su verdadera naturaleza. Era la prueba final, para esos dos sujetos que caminaban frente a él.
Uno era robusto, alto, con una barba de varios días cubriendo su rostro. Cabeza rapada y collares de símbolos poco ortodoxos colgando de su cuello. La musculosa negra y los jeans desgastados, en combinación con una mirada de pocos amigos, difícilmente se podía hablar de una persona confiable.
A su lado iba un muchacho un tanto menor, tal vez veinte años, de una apariencia un tanto menos amenazante; pero con la misma capacidad de incomodar a los transeuntes. Un pañuelo grisáceo cubría los cabellos rubios. Resonando música estridente, unos auriculares se podían apreciar en sus oídos. Holgadas ropas de al menos un talle más grande del necesario cubrían su cuerpo, y con cada paso resonaban las cadenas adjuntas al jean.
Cris... ¿hmm?
Jensen iba a murmurarlo más fuerte, cuando notó que los individuos cruzaban miradas y empezaban a caminar más rápido. En respuesta, el castaño también incrementó sus pasos, esquivando a los demás peatones. Poco a poco, la distancia se fue ensanchando, al punto que más de media cuadra los separaba. No podía perderlos, no tenía tiempo de rastrear otro demonio. Siguieron así por un largo trecho, doblando en una esquina y en otra, incrementando su velocidad.
¡Cristo!
Exclamó en voz un tanto más fuerte, asegurándose de que fuese el único en esa cuadra para no atraer miradas indeseables. Y el sujeto de cabeza rapada se volteó, sus ojos completamente teñidos por las tinieblas. De hecho, se detuvo en su lugar, sonriéndole a Jensen. Alzó su mano lentamente, contrajo todos sus dedos menos el índice, y señaló a sus espaldas.
¿Qu...?
Por un instante, las luces se apagaron para el muchacho. Sus ojos se cerraron fuertemente al mismo tiempo que un agudo y aturdidor dolor recorría su cuerpo, arrojándolo de rodillas al suelo. Llevó su mano a su nuca soltando leve quejido, y al abrir su palma frente a sus ojos, notó un rastro de sangre. La risa de otro secuaz de ojos oscuros, otro demonio que no había visto, le llego a sus espaldas. —  Tsch... sí, muy divertido, risitas. — Respondió procurando no moverse demasiado para no llamar su atención. Sus ojos se afilaron, esperando el momento adecuado. —  “Vamos, da un paso al frente” — Pensó conteniendo su propia respiración.
La pesada pisada dio luz verde al Cazador de mostrar su potencial. Impulsando su codo en un ángulo diagonal, dio de lleno con un estómago desprotegido. Habiéndole quitado el aire, se volteó para tomarlo de la camisa al mismo tiempo que se arrojaba a sí mismo de espaldas. La fuerza física del muchacho combinada con esa palanca de jiu jitsu arrojó al rival por los aires, estrellándolo de espaldas al pavimento.
Incorporándose, Jensen sacó un cuchillo peculiar de entre sus ropas. Respiración agitada daba señales de una cacería larga iniciándose.
Ya es tarde, tienen a la chica.
El Cazador ladeó su cabeza levemente, no comprendiendo el significado de esas palabras. Sin embargo, los demonios siempre mienten, es su especialidad. La única verdad fue que la hoja de ese cuchillo centenario atravesó el pecho de ese demonio.
Pésimas últimas palabras.
Y las cuencas de este brillaron con un eléctrico color naranja, eliminando a ambos, el alma del demonio y el cuerpo del mortal poseído. Un zumbido escapó del demonio, un sonido estático, y cuando se apagó, Jensen retiró la daga.
“¿...chica?”
Pensó para sí mismo, alzando la vista. Por su visión privilegiada, pudo ver como a poco más de dos cuadras, los demonios que hace un minuto seguía, ahora acompañados por un par más corrían tras alguien. Ese alguien, de cabellos rosáceos y figura pequeña.
Mierda.
No tenía tiempo de esconder el cadáver, a decir verdad, tal vez era demasiado tarde. Lanzándose a la carrera, las pocas piezas que tenía del rompecabezas empezaron a intentar ensamblarse. Ese demonio lo había contenido, para darle tiempo a los demás de ir tras alguien (a.k.a. "la chica"). Y esos eran demasiados ojos negros juntos para tratarse de alguien normal. ¿Pero qué sería tan importante?
La sed le provocaba jaqueca, la bestia chocaba contra los barrotes de ese cárcel mental; ordenándole que volviese hacia ese cuerpo que había abandonado.
Jensen podía controlarla. Por el momento, podía mantenerla enjaulada para salvar una vida inocente.

OFF:
Me pasé de largo un poquito creo, vos me entendes (?


Última edición por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 10:31 am, editado 6 veces (Razón : Formato)
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Hope Everdeen el Jue Dic 05, 2013 10:23 pm

Estaba en el mismísimo infierno. Enormes lenguas de fuego devoraban todo a su paso: los pequeños casas de piedra, los puentes, la aduana, hasta incluso las iglesias, hogar de Cristo, no habían escapado de las abrasadoras llamas. Todo dentro del muro estaba siendo consumado, la gente gritaba aterrada, los niños lloraban en búsqueda de sus madres quienes ya no eran más que polvo, otros clamaban por una mano que los salvara de la desesperación. La bella ciudad de Londres ahora estaba irreconocible.

Observó lo ocurrido desde lo alto de la cruz de una de las pocas iglesias aún en pie. Apretó los  puños con fuerza, sintiendo la impotencia y el dolor recorrer todo su cuerpo. En la entrada miembros del clero y otros fieles se arrodillaron, podía oír sus plegarias que sólo le causaban un nudo en la garganta. Se giró, dándole la espaldas y saltando para marcharse definitivamente. ¿Qué más podía hacer en ese lugar? Allí no quedaría más que cenizas.



Hope abrió los ojos de par en par desconcertada, gotas de sudor frío caían por su frente mientras respiraba agitada tratando en vano de recobrar la calma. Dio un respingo ahogado al no reconocer donde estaba, un miedo que sólo duró unos pocos segundos cuando finalmente recordó que se había quedado dormida en el enorme sillón negro de la sala de estar. Si bien hacía meses que vivía en la casa del Sr. Everdeen, sólo seguía despertándose sin sustos si observaba el cielo en los enormes ventanales del techo de su habitación. Ella dormía en el último piso, específicamente en la azotea, donde el Sr. Eveerden (cuyo hobby principal era la astronomía) había puesto enormes y resistentes paneles traslúcidos que permitían apreciar el enorme manto infinito. Hope se había quedado fascinada la primera vez que lo vio y el amable médico ambientó el lugar convirtiéndolo en su cuarto.

Eran notorios los esfuerzos que tanto Patrick como Elizabeth hacían día a día para hacerla sentir cómoda, es por eso que Hope no podía hacer más que disimular su falta de pertenencia, ocultaba su malestar con una dulce sonrisa que los conformaba lo suficiente como para creerse su vil mentira.

Se incorporó y observó su reflejo en el espejo, los ojos magenta la observaron desconcertados, tan perdidos en la desesperación y asustados que no pudo evitar hacer una mueca. En la paz que acarreaba la soledad, las  falsas sonrisas de cristal no existían ni hacían acto de presencia momentáneos. Su fina piel mostraba muecas, una tras otras mientras percibía las molestas gotas de sudor surcar cada línea de expresión.  Las pesadillas no eran algo ajeno en la vida de la muchacha, pero eso no restaba que dejaran de ser sumamente desagradables. Aún tenía en su mente aquellos gritos de súplica, las expresiones de terror en sus rostros llenos de hollín y los ojos sin vida de los cuerpos calcinados.

Movió rápidamente su cabeza para espantar esos horribles pensamientos que parecían haber salido de una película de terror.

Son sólo pesadillas, nada más – se dijo al espejo, esbozando una pequeña sonrisa que duró una milésima de segundos. Por más que quisiera convencerse ella no podía dejar de pensar en esos sueños, como tampoco era capaz de sentirse cómoda dentro de esa casa como si fuera alguien ajeno al lugar. Y así se sentía en general, una intrusa que tomó una falsa vida. Hope Everdeen. Todos los que escucharon ese nombre dijeron que le sentaba, que "tenía cara de Hope". ¿Cómo era eso? Ella ni siquiera podía reconocerse al espejo, sólo veía a otra chica de grandes ojos observándola aterrada y confundida.

No tenía tiempo para pensar eso, miró la hora y lanzó un pequeño grito viendo que era tarde. Ya había oscurecido y aún no había comprado nada para la cena. Ese era su primer día sin ningún adulto a cargo, durante unas semanas sus “padres” estarían de vacaciones en el Caribe por su aniversario como todos los años y ante sus insistencias finalmente la dejaron quedarse sola en la casa con la promesa de no provocar problemas y llamarlos durante las noches, además de que los vecinos (íntimos amigos de ellos) le pondrían un ojo encima.

Puedo hacer eso – susurró con calma mientras se despojaba de sus prendas para bañarse –. Puedo estar veintitrés días sola sin que haya ningún problema.




-------------------- --------------------


¿Cómo es que había llegado allí? La pelirroja apuró el paso apretando con su mano izquierda la bolsa de las compras. Su falda ondeaba al igual que su cabello de forma graciosa con cada paso que daba.  Detrás de ella un par de hombres de aspecto intimidante la seguían. Pero lo que más le aterraba no era sus apariencias de tipos duros, sino el aura ennegrecida y maligna que salía de ellos.

“Demonios”

Intentó mantenerse calmada, mientras hubiera gente allí no le harían nada. ¿Verdad? Trató de camuflarse aún más entre el gentío pero fue en vano: no había de por sí muchas personas. Dobló a la izquierda y tragó saliva al ver que la calle estaba desértica. No lo dudó ni un segundo y comenzó a correr, ¿qué más podía hacer?

No sabía hacia dónde se dirigía, sólo era consciente de que no podía detenerse. Su corazón martilleaba con fuerza y sentía dolorosas puntadas a la altura de sus costillas, producto de la mala respiración al correr. Estaba aterrada pero era esa clase de miedo que más bien te hacía actuar, ese que te obligaba a hacer lo que sea con tal de salvarte, instinto de supervivencia, podría llamarse. En ningún momento se detuvo, observó por encima del hombro y sintió que el alma se le caía a los pies: ahora no sólo dos la perseguían sino que había un tercero.

¿Cómo iba a escapar? Miró sus manos, pequeñas descargas eléctricas salían de éstas. Podía atacarlos pero sus probabilidades de ganar eran pocas, por no decir totalmente nulas. Uno de los demonios finalmente le dio alcance, tomándola desde atrás. Ella quiso gritar pero el sonido fue sofocado por el  alarido del hombre, quien la lanzó  de inmediato al sentir una fuerte descarga eléctrica. Cayó con brusquedad, rodando contra la grava sintiendo el ardor de raspones en sus codos y rodillas. La bolsa de las compras se había roto, desparramando en los alrededores los distintos productos. Se incorporó adolorida y vio su piel, no sólo tenía nuevos moretones ahora sino que estática salía de ésta. Sus poderes estaban incrementando sin que ella pudiera controlarlos, otro más trató de tocarla pero se alejó al instante, apenas rozándola con la yema de los dedos.

Tenía que aprovechar esta situación, no sabía cuánto más iba a seguir estando así. Buscó de forma frenética una botella de agua bendita que llevaba a todos lados dentro del pequeño bolso cuyas tiras cruzaban su pecho, sabía que a los demonios el contacto con dicho líquido le hacía daño o al menos popularmente eso se creía. Rogaba a todos los ángeles y santos que existiesen que eso fuera verdad.

Cazador, ¿no te enseñaron a no meterte donde no te llaman? Eres insistente – susurró uno de ellos con molestia. Hope vio sorprendida como un muchacho aparecía en batalla, sus movimientos eran certeros y esquivaba a la perfección los ataques de los demonios. Dio un respingo al ver su aura, tan negra como la de sus contrincantes, incluso más poderosa que éstas. Pero allí, más que ira y crueldad, sólo había dolor, una tristeza tal que hundía el alma. ¿Cómo podía alguien poder soportar un peso así?

El castaño no les daba oportunidad a sus perseguidores a vigilarla, tenía unos pocos minutos antes de que volviera a ser el centro de atención: era la oportunidad perfecta para escapar.

Pero antes siquiera de pensar en huir, ya sus pies avanzaban solos hacia el centro de la batalla. El cazador estaba ocupado en el frente con dos demonios y Hope se pregunto si no podía ver que iban a atacarlo por detrás, fue corriendo hacia ese, destapando la botella y tirándole el agua bendita.

Atacar por la espalda es de cobardes, ¿sabías? – exclamó disgustada. Sus manos destallaban electricidad y lanzó unas descargas al demonio quien chilló adolorido. Desde que tenía memoria jamás había atacado a alguien, ni siquiera a un insecto. Abrió los ojos sorprendida y retrocedió unos pasos anonadada por el impacto de verlo herido por su culpa, dándole el tiempo suficiente al demonio para sacar una reluciente daga plateada y abalanzarse sobre ella.



Última edición por Hope Everdeen el Lun Dic 09, 2013 6:13 pm, editado 1 vez
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Dom Dic 08, 2013 12:15 am



Savin' me



Ningún Cazador está cien porciento seguro acerca de cómo funciona la mente del demonio, cuáles son los deseos e instintos que guían y nutren sus malignos objetivos. Largos interrogatorios no dejan más que una maraña de mentiras, burlas y amenazas; la repulsión causada por los propios del averno hacia los humanos acaba rápidamente con su paciencia, logrando que decidan exorcizarlos y terminar con la investigación. De esta forma, en cientos de años, sólo algunos se habían esforzado por desentrañar los secretos detrás de esta raza; el por qué de su existencia.
El americano resultaba ser uno de los pocos intelectuales en la materia, producto de la obsesión que le infundía buscar los puntos débiles en su más odiado enemigo. Receloso de sus conocimientos, la importancia de su saber tenía por destino ser consumido egoístamente una vez que su corta vida se viese apagada; de la misma forma que las escrituras de Alejandria.
La distancia entre los perpetradores del intento de secuestro, y el joven se hacía menos notoria con cada zancada. La velocidad envidiable del muchacho sólo se veía marcada por el ondear de esa bufanda roja, danzando entre las corrientes de aire al ritmo del revoloteo de su abrigo.
Notando como una fracción de los demonios que había atisbado a la distancia se internaba entre las paredes de un callejón, chasqueó su lengua enfurecido por la idea de llegar a perderlos de vista. Sobre la acera, dos poseídos, con sus ojos negros como las penumbras de una madriguera de serpiente, esperaron a que el Cazador los alcanzase para darle muerte.
¡A un lado, estorban! — Rugió el castaño mientras su mano se perdía por apenas un instante en el interior del abrigo. Al siguiente segundo, una brillante pistola Colt decorada con el relieve de una fotografía en la empuñadura apuntó a los contrincantes. A pesar de haber sido dos disparos, sólo uno resonó dada la velocidad con la que fue presionado el gatillo.
Los proyectiles dieron en el pecho y el estómago respectivamente, aunque eso no los mataría mientras el demonio estuviese manteniendo el cuerpo con vida. Para su inmediata sorpresa, ninguno de los demonios pudo dar ni un paso más, congelados en su lugar. Vislumbraron el filo de esa daga tan temida por su especie, aquella que sólo se contaba en leyendas y el folklore del Pandemonium. Atemorizados, pocos fueron los segundos que tuvieron para preguntarse que propiedades sobrenaturales hacían a esas balas tan especiales. La hoja del Cazador ni siquiera tembló para rasgar hábilmente sus gargantas, dejándolos atrás antes de que el fuego de sus cuencas se apagase.
Respirando a un ritmo moderado, sin la más leve capa de sudor sobre su piel, intuyó que no podía ser tan sencillo; siendo que tantos hijos de Lucifer habían maquinado esa captura. Su silueta fue moldeada por los rayos del sol en la boca del callejón, su mano derecha inclinando la daga mientras las gotas de esa sangre con aroma a sulfuro caían. La acusación de un demonio de cabellos largos y grasosos le provoco una leve sonrisa.
Tengo mi invitación justo aquí. — Respondió adoptando una posición de disparo digna de un boina roja, con la muñeca de la mano que sostenía la pistola sobre la que empuñaba el cuchillo, creando una postura fuerte en ambos; ofensiva y defensiva. — ¿A quién se la presento?
Jensen ya estaba buscando el tercer objetivo, pero el truco ya había sido visto por los restantes. Moviéndose a una velocidad inhumana, se posicionaron en sus flancos.
Linda pistola, ¿me la prestas? — Musitó el demonio que había poseído hombre de unos treinta años, de aspecto prolijo y ropas informales. Brindaba fundamentos a la teoría de que los demonios no discriminan entre buenas o malas personas al momento de "vestirse" con la carne de alguien más. Sintiendo un fuerte golpe en el rostro, el Cazador chocó sus espaldas contra la pared de ladrillos, con algo de polvo cayendo sobre sus hombros. La pistola salió girando hacia el interior del callejón, dejándolo sin poder de alcance. Recuperándose, el joven usó la estructura para no perder el equilibrio.
No lo creo,  verás... — Esperó a que el infernal se dignara a golpearlo para hacer el rostro a un lado, dejando que el puño contrario quebrara ladrillos y cementos. — Soy un niño egoísta. — La hoja del cuchillo se vio atravesando la garganta verticalmente hasta el cerebro. El sabor a muerte que percibió el demonio, incrédulo de que un arma humana le hubiese puesto fin a su vida, se materializó con pequeños rayos naranjas en sus cuencas. — Lo sé, mis maestros también se quejaban. — Se burló arrojando el cadáver al suelo.
Notando por el rabillo del ojo el siguiente contrincante, poniéndose frente a frente con él. Sin trucos, sin aces bajo la manga. Este había elegido poseer a un muchacho joven, vestido con un traje grisáceo y monótono. Quizás saliese de trabajar de una oficina, a juzgar por la impersonalidad de sus vestimentas. Con una expresión mezcla de miedo y confusión, se apresuró a tomar el arma del joven; apuntándolo con ella. Jensen arqueó sus cejas alzando las manos, como si estuviese siendo asaltado.
Ah, vamos... ¡suelta el arma, Gibson! — Exclamó molesto de que un ser tan nefasto tocase su pertenencia, pensando en su siguiente movimiento.
El sonido eléctrico le llegó a sus espaldas, sin poder ver la escena en sí. Supuso que la muchacha tenía uno de esos aparatos de defensa personal que electrocutan al asaltante. No es que importase mucho, de todas formas, había obtenido la distracción que quería. Inclinándose ligeramente hacia adelante, arrojó el cuchillo por los aires, enterrándolo de lleno en el pecho encamisado.
Antes de que cayese Jensen ya había corrido hacía él, desenterrando la letal hoja de su cuerpo. El olor a sangre lo mareaba, su respiración estaba más alterada por este hecho que por la pelea. La pistola iba a caer al suelo nuevamente, pero su fiel dueño la alcanzó antes de que tocase el pavimento. Volteándose como un rayo, disparó a quemarropa a las espaldas del demonio. El efecto sobrenatural se repitió por cuarta vez, el contrario estaba completamente paralizado. La daga aún en el aire, a mitad del ataque sobre la indefensa muchacha.
Quieto ahí, tigre. — Reconociendo el terreno, Jensen creyó haber acabado con todos. Tomándose todo el tiempo del mundo, caminó a paso lento hacia él. — Tengo unas cuantas preguntas que hacerte. Primero que nada, ¿qué demonios iban a...?
¡Más vendrán! ¡No sabes en lo que te metes, Cazador! — Gimió con una voz inhumana y escalofriante. La carcajada teñida por una infinita malevolencia y crueldad fue capaz de silenciar el ambiente, detener los pasos del castaño.
Acto seguido, un desgarrador aullido se robó la escena, la mandíbula de esa persona abriéndose de par en par. Un humo negro empezó a fluir fuera de su boca, con la velocidad de un torrente y la consistencia de una tormenta. El Cazador no se inmuto en hacer nada, ya no podía retenerlo. Dejó que la verdadera forma del demonio escapase, y que el demacrado cuerpo humano se desplomase sobre el pavimento.
Gracias por su colaboración... — Bromeó el Cazador en un suspiro. No fue hasta este episodio que recordó la presencia de la victima.
A pesar de no parecer mayor a quince años, el infantil peinado con dos pequeñas coletas sobre su cabeza se empeñaba en hacerla ver aún más joven. Ojos enormes y llenos de vida, de un vivaz y atractivo color magenta, lo miraban con una inocencia lo ponía incómodo.
Acababa de matar a dos personas frente a ella, no había manera de camuflar el hecho. Bajando esos ojos café hacia el suelo, notó las quemaduras propias de una electrocución; quemaduras que emanaban un hedor a carne quemada mucho más profundo que el que se esperaría de un aparato de choque.
Electrisante personalidad. — Comentó el castaño, guardando la pistola en el interior de su abrigo. La observaba como si fuera una niña, más que una joven de su edad. — ¿Alguna idea de por qué te seguían?
De haber sido un episodio aislado con un sólo perpetrador, hubiese sido sencillo deducir la causa. La enferma mente de un demonio es tan o más desquiciada que la de un asesino o violador. Un total de seis infernales habían ido tras ella. La advertencia del último aún resonaba en el cráneo de Jensen, “más vendrán”.
La combinación del hedor a sangre, pólvora y la basura desperdigada en los alrededores volvía el ambiente denso e incómodo. Las sirenas de la policía empezaban a sentirse a la distancia, atraídas por los disparos del rescatador. Por un instante, Jensen se volteó hacia los cadáveres, pero no eran sus ojos los que se posaban sobre esa sangre ennegrecida. Sino lo del monstruo que le ordenaba beber aquel ansiado néctar. La razón aún tenía la última palabra, por el momento, y mientras esa muchacha no estuviese a salvo así sería.
Cuando se disponía a caminar hacia ella, supuso que tal vez su imagen no fuese exactamente la de un héroe benevolente. Los hombros de su sobretodo estaban llenos de polvo y la hoja que blandía aún goteaba con aquel deseado líquido carmesí.
Tomó un pañuelo de su bolsillo para quitar el rastro del cuchillo, entre medio haciendo ademanes con la afilada punta hacia los cuerpos.
No fueron tres, fueron seis. — Le exclamó volteándose hacia los cadáveres desperdigados por todo el lugar. Sólo se apreciaban tres cerca de ellos, pero si se miraba con mayor atención, se podían ver las piernas de un cuarto al final del callejón. — Uno me quiso desviar, dos me detuvieron a mitad de la acera. Seis. Seis demonios, que por naturaleza sólo deberían preocuparse por sí mismo, trabajaron en conjunto para ir tras de ti... Piensa en eso por un segundo.
Ponderando sobre sus propias palabras por un momento, dejó un intervalo de diez segundos que sólo los sonidos de la policía deambulando en las cercanías resonase. Entonces se volteó hacia ella, o más bien, hacia el cuerpo que había vestido el único sobreviviente de la masacre. Electrocutado, baleado, su apariencia no era la mejor. Entonces Jensen alzó la mirada hacia ella, como si sospechase si en realidad esa niña necesitaba protección.
Lo escuchaste, ¿no? — Preguntó como si pudiera leer sus pensamientos, con esos ojos que adoptaban una tonalidad que debatía entre café y rojo invadiendo el magenta de los de ella.
Más vendrían por ella, más intentarían hacer lo que seis no pudieron. Una vez que la muchacha entendiese la situación en la que se encontraba, que eso no había acabado, sería cuando en verdad entraría en desesperación. El Cazador no era el mejor manejando el estrés ajeno, pero deseaba detonar esta emoción lo antes posible.
Una vez más, calló dejando que el ambiente hablase por sí mismo. Hedor a sangre, pólvora. Estruendos de sirenas acercándose. La visión repleta de cuerpos, cadáveres y esa oscura sangre. Esa oscura, carmesí sangre.
Si vas a enloquecer, hazlo pronto. El tiempo corre. — Le ordenó sacándola con pinzas de sus pensamientos. En sus ojos no se veía malicia, tampoco soberbia ni una actitud despectiva. Esa mirada rojiza sólo dejaba entrever esa singular tonalidad; ni una emoción en ella.


Última edición por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 10:09 am, editado 1 vez
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Hope Everdeen el Lun Dic 09, 2013 5:44 pm


En todas las series y libros que Hope había conocido, cuando la chica estaba en peligro por una banda de delincuentes, si bien la situación no era agradable siempre tenía un final feliz con un muchacho atractivo al rescate. El “héroe” se mostraría como una persona que atraería a la chica quien se sentiría además segura y en confianza a su lado misteriosamente. La pelirroja acaba de confirmar que todo eso eran mentiras: el chico que había aparecido para salvarla no era en lo absoluto el estereotipo de “héroe encantador”. En un ambiente dónde sólo podía olerse la pestilencia a carne quemada, sulfuro, pólvora y basura, él caminó hacia ella con su aura oscura arremolinándose a su alrededor. Parecía tan demoníaca…pero los sentimientos allí se alejaban de ser simplemente crueldad y ansias de sangre, en esa negrura  podía ver algo mucho más profundo: tristeza y un intenso dolor. Era un alma muy dañada para alguien tan joven. ¿Qué desgracias vivieron esos ojos carmesí? Hope no pudo dejar de sentir pena y fue ese sentimiento lo que evitó que saliera corriendo despavorida de allí.

No se rió ante su chiste, ni siquiera estaba aún segura de poder hablar: se encontraba demasiado conmocionada por lo sucedido. Negó levemente con la cabeza a su pregunta, no tenía ni idea de porqué esos demonios querrían seguirla, ¿qué había en ella que no tenían los demás? Miró sus manos donde aún podía percibir la electricidad fluyendo por su piel, se mordió el labio unos segundos y alzó la vista al muchacho de nuevo, el Cazador, como lo habían llamado los demonios. Por primera vez desde que lo encontró prestó atención a los números luminosos anaranjados que estaban unos centímetros sobre su cabeza, eran indivisibles para el resto pero ella podía ver cómo estos bajaban como si se tratase de un cuenta atrás. Y eso en realidad era, sólo que era un cuenta atrás de la vida restante de la persona.

Los números del Cazador subían y bajaban de forma irregular y frenética, sin ningún descanso. No era la primera vez que veía eso pero tampoco era algo demasiado peculiar: las acciones que ibas decidiendo a lo largo de tu vida influían en tu momento de morir, por lo que de acuerdo a lo que eligieras podías tener  más o menos tiempo en este mundo. Si los demonios tenían razón y el chico frente a ella era un cazador, entonces no era de sospechar que no pudiera determinar con precisión su expectativa de vida.

Su voz la devolvió de nuevo a la realidad, a aquellas calles hediondas con cadáveres a su alrededor. Las palabras del Cazador le golpearon de lleno y sus ojos se abrieron de par en par desconcertados, percatándose de la cruda verdad que se le presentaba como una bofetada en el rostro. Esos demonios iban a volver a aparecer de nuevo, la buscaban por un motivo más específico que ser el juguete del día de uno de ellos.

No puede ser… – se mordió el labio con fuerza. La presencia de esos demonios persiguiéndola la había aterrado pero pensaba que ya no ocurriría jamás. Saber que aún seguirían acechándola y que iba a revivir todo de nuevo era simplemente horrible –. Algo quieren de mí pero…no sé ¡ juro que no tengo ni idea! ¡No tengo nada en especial! – era una mentira a medias, era plenamente consciente de que sus habilidades no eran normales pero tampoco iban más allá de la que tenían los demonios, ángeles y demás criaturas sobrenaturales en este mundo.

El sonido de las sirenas policiales fue haciéndose más fuerte y estuvo acompañado por el ruido de pasos y palabras. La muchacha dio un grito ahogado observando los cuerpos esparcidos a su alrededor, estaban con cortes horribles, marcas de bala y algunos incluso chamuscados.

¿Qué iban a explicar? No estaba segura si justificar que eran demonios los salvaría de terminar en prisión o algo similar. Además probablemente al ser menor ellos querrían comunicarse con sus padres. Era una razón por demás justificada para que el Sr. Y la Sra. Everdeen decidieran cancelar su viaje y volver a Bucarest, al mismo sitio donde numerosos demonios estarían rondando a su alrededor tratando de atraparla de nuevo. Hope simplemente no podía permitir que eso sucediese, no sería capaz de perdonarse si terminaban heridos por su culpa. Aún consternada y cansada por el ataque,  hizo lo que mejor sabía hacer: seguir corriendo hacia delante.

Fue algo abrupto, trató de tomar la mano del muchacho para que la siguiera y escapara de allí, por más que probablemente él lo hiciera mejor sin su ayuda. La estática se interpuso entre ambos y alejó su mano con rapidez sabiendo que le había dado una descarga eléctrica. No se atrevió a mirar su expresión y siguió corriendo sin detenerse. No le sorprendió que el Cazador se le adelantara, a fin de cuentas era más veloz y ágil que ella.  

Era mucho más rápido de lo que esperaba y estaba segura que estaba yendo más lento por ella, la joven sólo podía guiarse por el ondear de la bufanda roja que hacía un contraste con la oscuridad que se adentraba en Bucarest, ocultando los últimos rayos del atardecer. El castaño no paraba de adentrarse en distintos recovecos, cada vez mareándola más y se preguntó por unos segundos qué pensaría el Sr.Everdeen si se enterara de eso. Probablemente estaría enojado y desilusionado, insistiéndole en que no debía confiar en extraños ni mucho menos dejarse guiar por ellos. ¿Y para qué mentir? El castaño, con su aspecto desalineado, el hecho de que estuviera armado y sus actitudes no lo hacían para nada alguien de confianza: su padre adoptivo lo hubiera desaprobado al instante de verlo. Era un poco intimidante pero a Hope no le parecía malo, la había salvado ¿o no?

El Cazador se detuvo en seco y Hope alzó la vista, dándose cuenta que se encontraban en un pequeño parque con los árboles rodeándolo y los típicos juegos infantiles. Las sirenas de los policías habían dejado de oírse y no había nada más que el susurro del viento que movía las copas de los árboles y el de sus propias respiraciones, normal la de él y agitada la suya.

Se sentó en una de las hamacas y miró a los alrededores, la llegada de la noche parecía haber espantado a cualquier persona del parque, siendo ellos dos los únicos allí. Hope respiró profundamente varias veces para recobrar el aliento, el aire frío le llegó a los pulmones y fue como un alivio a las punzadas en su costilla. Sus sentidos estaban tan alertas que casi dio un salto cuando escuchó una música de rock de su banda favorita que interrumpió la calma del parque, tardando unos segundos en percatarse de que era su celular. Lo abrió viendo que se trataba del Sr. Everdeen.

¿Hola? Sí, estoy bien, relájate. No escuché el teléfono, no estaba en casa, había ido a comprar las cosas para la cena. ¿Mmm? Sí, descuida, cerraré todas las puertas y recordaré tus aclaraciones – hizo una mueca al pensar que ya estaba haciendo todo lo contrario a los consejos del Sr. Everdeen. Se lo escuchaba preocupado y se preguntó si podía intuir que si bien no le mentía, le ocultaba gran parte de lo sucedido – Lo principal es que se relajen, es su aniversario, tenían que pasarlo juntos. ¿El Caribe es lindo? Envíale saludos de mi parte a…”mamá”. También te quiero, “papá”. Prometo que te llamaré mañana. ¡Adiós!  – cortó sintiéndose culpable. Era la primera vez que los llamaba de esa forma como si en verdad se tratasen de sus progenitores y sabía que eso los había emocionado lo suficientemente para ignorar cualquier indicio extraño que podría delatarla.

En todo ese momento el muchacho no había hablado para nada e internamente se lo agradeció, aún le costaba respirar con calma por el cansancio y los nervios. Ahora que no estaba en peligro podía pensar con claridad, por lo que la desesperación comenzaba a embargarla. Demonios. Más de esos seis aparecerían de nuevo buscando algo de ella que no sabía qué era.

Ellos deben estar equivocados, no hay nada que yo tenga que pueda servirles  – se balanceó levemente en la hamaca con la vista en el suelo. Y entonces abrió los ojos de par en par, quizás fuera algo que precisamente no recordaba, que estuviera perdido dentro del profundo lago del olvido al igual que la imagen de sus padres, sus posibles hermanos e incluso su nombre –. Al menos que recuerde  – acotó finalmente con tono casual. No quería decirle al castaño de su problema, por más que la hubiera salvado seguía sin tener la suficiente confianza como para confesar algo tan íntimo que de por sí no era un tema agradable.

Sintió un ardor en sus ojos y su mirada se cristalizó a causa de todas esas emociones entremezcladas. ¿Acaso iba a morir en manos de los demonios? ¿Ese sería su final? ¿Y si le hacían daño a ellos? ¿Si incluso llegasen a matarlos? Si algo le habían demostrado esa noche es que eran capaces de hacer cualquier cosa con tal de conseguir su objetivo, incluso matar a personas inocentes. Imaginó a Patrick y a Elizabeth,  sus dos cuerpos avanzando hacia ella con una cruel sonrisa en sus labios y sus ojos mirándola sin nada más que pupilas negras como el abismo. Apretó los puños con fuerza e hizo su mejor esfuerzo para no derramar ninguna lágrima, no tenía tiempo de llorar ahora: debía solucionar todo ese asunto demoníaco antes de que ambos pusieran un pie de nuevo en Bucarest.

Eres un cazador, ¿verdad?  – se incorporó y finalmente alzó la vista para verlo, sus ojos magentas aún cristalizados se posaron en sus rubíes con firmeza. Una mirada que no parecía corresponder con aquella apariencia tan vulnerable –.  Debes saber cómo atraparlos, dime qué tengo que hacer. Necesito parar esto…  – su expresión cambió a una de súplica y se acercó a él. Le llevaba bastante altura y su apariencia no era precisamente la de alguien que disfrutara de la cercanía pero no le importó, se aferró a los alamares de su montgomery. Esta vez la electricidad no apareció entre ellos, había logrado calmarse lo suficiente como para controlarla – Debo detenerlos  – insistió con determinación. Ahora sólo quedaba en él decidir qué hacer, Hope sólo sabía que independientemente de la respuesta ella no iba a cambiar su postura: iba a parar a esos demonios aunque la vida se le fuese en ello, a fin de cuentas no tenía otra opción.


OFF:
¿Te acordás que dije que este post iba a ser más chico que los anteriores? Bueno, me equivoqué.
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Vie Dic 13, 2013 9:19 pm



Savin' me



Los sentidos del castaño se agudizaron. Ese aroma a huevos podridos, fresco y desagradable, era diferente al sulfuro en la sangre de los demonios muertos. Las sirenas de la policía se habían detenido, ¿por qué no llegaban ya? “Más vendran”, esa frase hacía eco en ese rompecabezas imaginario dentro de su cabeza. Las piezas luchaban por dar forma a una explicación, chocando frenéticamente entre sí.
Más vendrían. Más demonios. Los demonios necesitarían cuerpos que poseer. Los vehículos policiales se habían detenido. Jensen frunció su ceño ante el sombrío panorama que tomaba forma ante él.
Poseerían a la fuerza policial; la más capacitada para rastrear e ir tras un fugitivo.
Tenemos que... — No pudo completar la orden, la muchacha ya se había aferrado a él y lo obligaba a correr. Sorpresa era lo que lo invadía mientras salían de ese callejón, plagado de muerte y fatalidades. Para ser una chica de apariencia tan frágil, tan inocente e inofensiva; había vencido la desesperación en un tiempo inesperadamente corto. Destacable, sino extraño.
Cosquilleando su piel, un leve sentimiento de dolor y entumecimiento le extrañó. Al soltarlo, examinó su palma en busca de heridas. Nada. El episodio no despertó mayores dudas sobre él, pero no pudo evitar fijar esos ocelos dubitativos sobre la mancha magenta. Aquella que intentaba huir frenéticamente de un mal desconocido.
“Sulfuro” — Murmuró en su interior, mientras su nariz se arrugaba levemente. Percibía el hedor a la perfección, de hecho, le molestaba. Aunque otras personas no pudiesen, para bien o para mal, el americano era extremadamente sensible en sus sentidos.
Adelantándose, dedicándole una mirada que sólo podía leer “Sígueme”, se lanzó en el interior del laberinto urbano que describían los altos e imponentes edificios.
Giros en esquinas cerradas, desvíos hacia pasajes olvidados y vueltas sobre sus mismos pasos. Comprendía que la joven de los cabellos rosáceos no podría correr para siempre, por lo que necesitaba aprovechar cada paso. El aroma a sulfuro tenía que desaparecer de su rango, asegurandole una mínima ventaja de acercarse esa nebulosa nube de tinieblas en su búsqueda.
El parque no estaba ubicado en una posición demasiado céntrica, más bien parecía formar parte de una zona residencial. No se podía culpar tampoco a los habitantes de ese distrito, las altas horas de las noches no podían atraer más que a una ocasional pareja en un paseo nocturno, o a un deportista volviendo a casa tras dar sus respectivas vueltas. En poco tiempo, el par se quedó con un diámetro de más de dos cuadras de árboles, pasto y bancos para ellos solos. La única compañía que podían anhelar, era el cantar los grillos y el resplandor de las estrellas.
Cuando se sintió lo suficientemente seguro, bajo la velocidad a un trote y después a un apacible caminar. El pecho del castaño subía y bajaba, y la respiración levemente agitada. Aún así, no mostraba signos de fatiga, y en pocos segundos parecía haber repuesto todas sus energías. Mirando de reojo a su cómplice de tres asesinatos, alzó una de sus comisuras.
Me arriesgaré a afirmar que no eres aficionada a los deportes. — Soltó amistosamente.
Si el comentario le resulto gracioso o terriblemente odioso e inoportuno; no pudo llegar a saberlo. Casi al final de sus palabras, dos celulares interrupieron la conversación a su propia manera. El smartphone del muchacho apenas le aviso con un leve vibrar anticipando una llamada entrante; la cual, por supuesto, ignoró. Pensó que la muchacha haría lo mismo, las circunstancias no eran las óptimas para socializar con sus amigas ni hacer planes para el fin de semana. Esa fue la imagen que adoptaría de ella, sino fuese que escuchó las palabras "papá" y "mamá" en el transcurso de la conversación.
Entonces ella sí tenía familia; no era un ser impropio de la tierra, ni un monstruo adoptando la piel de una inocente estudiante de secundaria... ¿Qué? Antes sonaba lógico.
Esperaba que se quebrara en cualquier segundo. No había visto brotar lágrimas de sus ojos, tampoco que se mareara al recordar el hedor a sangre. Debía tener un escape, un medio para expulsar el malestar de su organismo.
Por un segundo, sintió pena por ella. Empatizaba con sus sentimientos, que quizás lo único que desease fuese que él desapareciera; que todo fuese nada más un mal sueño. Examinándolo desde un punto de vista más objetivo, no era realmente necesario que Jensen estuviese encima de ella. Podía vigilarla sin que lo notase, decirle que todo estaría bien y mandarla a casa; con su familia.
“Es lo mejor para ella” — Pensó mientras se disponía a abrir la boca y darle no una sugerencia, sino una orden.
Cuando la muchacha volvió en sí, alzando la mirada rápidamente, el Cazador se quedó sin hablar. Si estaba a punto de llorar, con sus ojos brillantes en muestra de un gran estrés. Pero esa mirada parecía no darle importancia ni flaquear a causa de ello, la determinación en esas irises era innegable. Cada palabra que articulaba estaba teñida por la desesperación, y aún así, sonaba firme y segura. El joven americano notó la cercanía, demasiado para él, y dio signos de querer retroceder; pero ella se le adelanto.
El agarre de sus ropas era tan leve que apenas lo sintió, pero estaba aprisionado por esa mirada suplicante. Por ese encanto del crisol entre fragilidad y fortaleza. Ese espíritu notable encarnando una apariencia tan inocente e inadecuada. La sorpresa le impedía volver en sí, a su carácter de cacería. Su mente se desviaba hacia otras lagunas de apreciación que eran inútiles en ese momento. A contemplar la gran saturación de esas orbes, el correr de una lágrima a través de la femenina mejilla. Las suyas propias debían estar teñidas de ese odioso rubor rojizo; detestaba estar en situaciones así.
Yo... “quiero que me sueltes. Ahora” le insistió que terminase su lado racional, pero sus labios habían perdido la capacidad de formar vocablos.
Guitarras estridentes en un ritmo progresivo y eufórico funcionaron como cable a tierra para el americano. Olvidó por un segundo la situación, suficiente para tomar su teléfono y, no sin antes chasquear su lengua molesto, atender la llamada de su padre adoptivo.
Sí, Bobby. Sí, estoy bien. No puedo ahora, estoy en el medio de algo. Un trabajo. Demonios. — En este punto soltó un leve suspiro, perdiendo la mirada en algún punto vacío.— No los estaba buscando, ellos aparecieron y atacaron a una niña. Sí, la llevaré a su casa y luego investigaré que está pasando. — Hasta ese momento su rostro estaba impasible, pero recuperó las señales de incomodidad por algo dicho al otro lado del tubo. — ¡Por supuesto que no haré eso! — Con sus mejillas levemente encendidas, le dedicó una mirada a la joven por un reflejo involuntario y, acto seguido, se volteó como si no quisiera que lo escuchara. —Parece que apenas tuviese catorce, por el amor de Dios, voy a llevarla a su casa y nada más, maldito viejo pervertido. ¿Quieres darme esos presagios de una vez? — Respondió visiblemente molesto, mientras al otro lado de la línea solo se escuchaban risas. Bobby sabía como ponerlo nervioso e irritarlo, y de a momentos lo haría por pura y sana diversión.
Jensen volvió a soltar un suspiro, esta vez molesto. El mayor finalmente se calló para acto seguido brindarle un reporte de los presagios demoníacos de la ciudad. Lo hacía todas las semanas, y aunque no fuese el mejor momento, quizás formase una parte fundamental de ese puzzle.
El Cazador sintió intranquilidad nuevamente, pero su rostro ya había vuelto a su tonalidad normal. La muchacha estaba callada, devolviéndole el favor de hace un minuto. Entonces, ¿qué era? Ese instinto que le decía que algo estaba mal. Que ese silencio era innatural.
A pesar de que Bobby seguía hablando, Jensen comenzó a girar sobre sí mismo, mirando en todas direcciones. Probablemente luciese como un psicópata, pero debía convencer a su mente de que todo estaba en orden. Una leve neblina se había levantado, generando un ambiente húmedo y fresco. Las luces blancas se volvían cegadoras al intentar avistar el final del parque. Provocaba que su cabeza volviese a doler como víctima de una gran fiebre.
Reportes de tormentas eléctricas, ganado muerto; lo usual, decía Bobby. El Cazador oía lo que tenía para decirle, pero su mente estaba centrada en la lejanía. Donde una forma irregular se desdibujaba a la distancia, una sombra que parecía difuminar sus contornos sin moverse de su lugar. Entrecerró sus ojos esperando ver a través de la bruma que ahora describía varios individuos, alineados a lo largo como piezas de un domino. Personas plantadas al suelo, mirando directamente a su dirección, firmes; esperando una orden.
Daba una visión macabra, dónde al final de ese pasto humedecido y el cemento desgastado, iluminados bajo los focos de los faroles; esos demonios los observaban.
Bobby le hablaba pidiéndole respuesta, extrañado por su silencio, pero el castaño sólo musitó:
Te llamo más tarde.
Y cortó la línea sin mediar más explicaciones, retrocediendo sobre sus pasos; intentó no dejar en evidencia que los había visto.
Por favor, que sólo sean un montón de inadaptados góticos con lentes de contacto... — Rogó en voz baja deteniéndose en su lugar, rebuscando el arma entre sus ropas.
Como si lo hubiesen escuchado, los poseídos de ojos negros comenzaron a correr a toda velocidad hacia ellos. Jensen primero alzó el cañón para brindarles batalla, pero pronto se dio cuenta de que debían ser al menos una docena. Mucho más de lo que podía encargarse por sí mismo. Sabiendo que no tenía oportunidad, se volteó hacia la muchacha y le gritó.
¡Corre! ¡Tenemos que salir de este lugar! — No dándole tiempo a reaccionar, tomó su mano y prácticamente la arrancó de su lugar; obligándola a correr casi como si la estuviera arrastrando. Ocasionalmente miraría hacia atrás, por encima de esos cabellos magenta; viendo como los demonios ganaban cada vez más terreno hacia ellos. Veía a la pareja de hace unos momentos entre la multitud, con las cuencas completamente teñidas por la penumbra.  Regresó la mirada al frente con pesar, no había nada que pudiera hacer por ellos. Sólo podía ayudar a esa joven que había suplicado por su auxilio. El parque se volvía interminable, y al final de él sólo se veían más callejones; oscuros y fáciles de emboscar. No serviría, necesitaban escapar, no meterse en una trampa letal.
Frenando bruscamente sobre la acera, buscó por toda la calle un vehículo. En momentos así pensaba que no tener su Impala lo terminaría matando tarde o temprano. Al final de la cuadra había una camioneta familiar con los vidrios polarizados, de color grisáceo y aspecto nuevo.
Nos la llevaremos. — Exclamo Jensen tirando de su mano para que lo siguiese. Llegando a junto a ella, dio un fuerte codazo al vidrio para luego quitar el seguro y abrirle la puerta a la muchacha.  La cerró rápidamente, dando la vuelta para subir por el otro lado.
Y después dicen que no quedan caballeros. — Murmuró una mujer con voz femenina, cortandole el camino al Cazador.
Parecía tener alrededor de veinte años, y ser una corredora volviendo a casa. O al menos eso era antes de ser poseída por ese ente maligno que ahora la mantenía prisionera en su propia carne. Jensen alzó la Colt en su dirección, pero una fuerza invisible empujó su brazo a un costado; provocando que soltase el arma en el interior del vehículo, debajo del asiento.
No lo creo. — Murmuró esbozando una media sonrisa antes de lanzarse sobre él. Haciendo un rápido movimiento, el Cazador detuvo su paso con el filo de la daga, apuñalandola en el vientre. Sin tiempo para honrar los restos, arrojó a la muchacha a un lado. Los ojos agónicos de la humana que había poseído se quedaron mirando a la nada, olvidados sobre la acera mientras destellaban con esos diminutos rayos naranjas. La sangre fluía de su estómago tiñendo la campera deportiva a un ritmo lento y parsimonioso. Era cosa de todos los días para él ver esa escena; de una persona inocente muriendo por la mala suerte de haberse cruzado en el camino de un demonio.
Jensen cerró bruscamente el automóvil, viendo por la ventana como la horda de enemigos ya se encontraba a apenas unos metros de allí.  Clavó la punta del cuchillo en un extremo del panel, forzándolo a ceder ante la presión de la hoja sólo lo suficiente para dejar al descubierto los circuitos. El americano rápidamente reconoció el cable rojo que debía cortar para proveer energía al motor, pero el sonido de los pasos acercándose no ayudaba exactamente a que se concentrase. Tras unos cuantos intentos, una pequeña chispa se avistó al contacto de ambos extremos; encendiendo el automóvil.
Al levantarse de su lugar, Jensen se volteó hacia la muchacha al escucharla gritar de miedo. Uno de los demonios la intentaba de sacar del auto tirándola desde la ventanilla. El estallido del vidrió trasero y las respiraciones de esos cuerpos esclavos parecía indicarles que el tiempo no estaba de su lado.
La pareja de hace unos segundos se lanzó encima del capo, golpeando frenéticamente el parabrisas.
¡Suéltala, fenómeno con cuernos! — Le exigió manteniendo a la víctima en su lugar cruzando su brazo detrás de su cintura, abrazándola hacia su dirección. El demonio la tenía agarrada de los brazos, haciendo una mueca de cólera con sus cuencas negras.
Le tomó un segundo al Cazador cambiar el sentido de la hoja del cuchillo para ensartarlo bajo el mentón del demonio, logrando así liberarla con un brusco tirón. Sin soltarla, pisó a fondo el acelerador arrojando a un lado a los atacantes frente a ellos. El vehículo comenzó a moverse, cuando uno de ellos logró ingresar a él.
Jensen mantenía el volante firme, con sus ojos hacia atrás, dando puñaladas al aire. Llegando a una esquina, no notó como el semáforo se encontraba en rojo, y el costado del vehículo se veía iluminado por los faroles de otros. El sonido del claxon resonó ferozmente.


Última edición por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 10:33 am, editado 2 veces
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Hope Everdeen el Mar Dic 17, 2013 2:04 am


Hope no pudo evitar sentirse estresada cuando el sonido del teléfono interrumpió su pedido. Se alejó retomando su lugar en la hamaca, balanceándose con lentitud de atrás hacia delante mientras el castaño hablaba con vaya a saber quién. Podía escuchar retazos de su conversación que obviamente él pretendía que ella no oyera, pero el silencio en la zona era tal que hasta era capaz de sentir el leve murmullo del viento en sintonía con el cantar de los grillos.

Trató de deducir algo de aquella conversación pero sólo pudo fruncir levemente el ceño en cuanto él mencionó su “edad aparente”. Era un golpe duro a su orgullo y probablemente en otras circunstancias le habría dicho algo, un comentario que lo haría cambiar de opinión y le daría la razón a ella; pero otro hecho captó su atención y afinó la mirada tratando de distinguir más allá del parque. Los grillos habían dejado de cantar y tenía una extraña sensación de pesadez y desesperación, como si el ambiente de pronto se hubiera condensado y le aprisionara el pecho dolorosamente.

La presencia de la neblina no parecía augurar buenas noticias y la pelirroja se estremeció, no tan segura de si se debía al frío. Y entonces vio al final del parque, alumbrados por la blanquecina luz de los focos, a una hilera de personas que los miraban fijamente. Todo ocurrió tan rápido que la confundió: una mancha castaña le gritaba y tiraba de ella, oyó su grito aterrado al ver a esos demonios siguiéndolos y de nuevo había comenzado otra persecución. ¿Es qué jamás iban a tener paz?

Estaba agotada y eso podía sentirlo en las quejas silenciosas de su cuerpo. Las punzadas eran dolorosas pero no se detenía, no sólo porque el Cazador no le daba esa posibilidad, sino porque ella misma no deseaba parar: no podía permitir que el contador bajara a cero.

Entró al coche sin dudarlo, sin pensar por ningún segundo que estaban cometiendo algo ilegal. ¿Acaso importaba ya? ¡Sólo quería salir lo más rápido posible de ese infierno! Su alivio al escuchar el ruido del motor se vio reemplazado por el estruendo del vidrio al hacerse añicos. Hope dio un grito aterrada sintiendo como uno de los demonios jalaba de sus brazos para sacarla de la seguridad del vehículo. Quería electrocutarlo y miró sus manos con desesperación esperando que chispas azules salieran de ellas. Nada. Había consumido todas sus energías para siquiera actuar en desesperación.

Se removió frenéticamente, subió sus pies al asiento y los colocó sobre la puerta, dándose empuje hacia atrás para no dejarse llevar por sus tirones. Un brazo le rodeó la cintura y por unos agobiantes segundos pensó que se trataba de otro demonio, pero la calidez del mismo y el grito del castaño hizo que suspirara de alivio. En otra circunstancia sin demonios persiguiéndola, probablemente se habría sonrojado por la cercanía pero en su cabeza ahora sólo podía pensar en los demonios, el olor a sulfuro de su sangre, los cuerpos de las personas poseídas que trataban de inmovilizar el coche, los gritos ensordecedores y el rugido del vehículo que andaba máxima velocidad.

El sonido agudo de la bocina y las luces destellantes de los faroles fueron el anuncio de la parca. La muchacha gritó, abalanzándose hacia el volante mientras el Cazador trataba de quitarse de encima a los demonios. Llegó apenas a girarlo cuando el auto se estrelló contra ellos con rudeza. El vehículo voló por los aires y giró varios metros, dentro de éste todo era una confusión. Rebotaba dolorosamente entre el techo y el asiento, sintiendo los vidrios hacerse añicos frente a ellos. Veía todo en cámara lenta, como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de ellos. ¿Así iba a morir? No, no podía irse aún. El Cazador se lanzó hacia ella, cubriendo su cuerpo en un abrazo para protegerla de los peores golpes. Se negó a cerrar los ojos y apretó los puños en su montgomery enfocándose en el aroma de su colonia masculina mezclado con el sudor y la sangre, en la calidez protectora de su cuerpo y los latidos desbocados de su corazón en su oído: estos iban a ser su cable a tierra, no iba a permitir que la oscuridad la engullera para siempre.

El auto fue disminuyendo su velocidad hasta finalmente detenerse con un último golpe. Estaba dado vuelta y tardó unos segundos hasta sentir que finalmente el agarre desaparecía. Gateó por el techo ignorando el dolor de los trozos de vidrio clavándose en sus manos y sus rodillas desnudas, olvidó además el pudor que le provocaría pensar en que su falda no ocultaba los suficiente. ¿Qué importaba ahora? Estaban vivos y debían seguir corriendo si querían mantenerse con vida, ese era el único objetivo que ocupaba sus pensamientos. Su mente no paraba de tararearle las mismas palabras como si se tratasen de un himno: “Sobrevive…sobrevive…sobrevive”.

Vio la pistola del castaño antes de salir y la tomó con rapidez. El metal aún seguía cálido por el uso y se sintió extraña con él, como si el arma supiera que ella no era su verdadera dueña y la repeliera con una fuerza inexplicable y sobrenatural. Lo ignoró y salió a las calles, el choque había repelido lo suficiente a los demonios quienes no se atrevieron a acercarse, probablemente por miedo a que el coche explotara en cualquier segundo. Tenían sólo unos metros de ventaja y agradeció profundamente al Cazador en su mente, gracias a él estaba viva y sin ningún hueso roto lo que le permitió echarse a correr de nuevo cuando los demonios gritaron al verlos.

Los negocios y edificios a su alrededor le resultaron conocidos lo que fue en cierto modo un alivio, Hope esta vez tomó el mando de guía, dirigiéndole una mirada al castaño para que la siguiera y doblando por una de las calles. A unas dos cuadras de distancia podía verse una gran estructura de piedra de estilo gótico, su cruz en la punta parecía ser el signo de su salvación.

La pelirroja apuró el paso, un demonio se acercó hacia ellos por el frente y no dudó en apretar el gatillo. La fuerza del impacto le impresionó, echándola levemente hacia atrás y provocando que cerrara sus ojos. Escuchó el gemido lastimero del demonio y se atrevió a mirarlo, pestañeando asombrada al ver como había acertado en el estómago de la criatura. Ésta abrió los ojos de par en par, incapaz de moverse mientras ellos avanzaban a su lado. No tenían tiempo para matarla ahora, no sabiendo que más de una docena le seguían detrás.

Ten - le dio el arma al castaño mientras seguían en la carrera –. Sé que no es el momento pero... tengo dieciséis, no catorce – le aclaró mirándolo de reojo.

Finalmente llegaron a su destino: la Iglesia Saint Michael, la estructura más bella y alta de todo Bucarest. El color predominante de ella era el gris y su aspecto imponente derrochaba cientos de años de historia por cualquier lado donde uno la mirara. La primera vez que la había visto se quedó fascinada por su diseño antiguo, por ese aire inmemorial que desprendía como si hubiera existido allí desde el inicio del mundo y sucumbiría con la destrucción de éste. Hope amaba ese tipo de edificios, le parecían un saludo de antaño que siempre la inspiraba para dibujar.

La Iglesia Saint Michael era una de las más grandes del mundo, para soportar el peso de la enorme construcción había estructuras con forma de medio arco, los arbotantes, unidos a los contrafuertes que a su vez estaban decorados con pináculos que no sólo tenían un papel estético sino que ayudaban a la función de soporte. Las ventanas eran alargadas, acompañadas por arcos ojivales, éstas estaban decoradas con calados de piedra y eran traslúcidas, permitiendo que entrase la luz. En el centro de la iglesia se encontraba la columna mayor que se dividía en tres partes, la primera estaba compuesta por una gran puerta de metal grisáceo también con forma de arco abovinado. Al igual que el resto estaba bellamente decorada, bordeada con molduras y calados. La segunda parte consistía en un enorme rosetón con vidrios policromáticos lleno de imágenes de santos y ángeles en ellos; la última sección era el campanario de bronce de aproximadamente el tamaño de una casa pequeña. La gran torre finalizaba con una cruz de oro imponente y magnífica, digna de ser el punto más alto de todo Bucarest. Se rumoreaba que podía verse desde cualquier punto de la ciudad, aunque Hope no estaba muy segura de ello.

Hope golpeó la puerta con cierta rudeza y suspiró aliviada cuando ésta se abrió. En sendos lados de ella habían dos ángeles, sus rostros bellos y sin imperfección los observaban con severidad mientras entraban al hogar de Cristo.

¿Hope? – el padre los observó levemente sorprendido cerrando la puerta detrás de ellos. En el frente los recibió un inusual frío y numerosas bancas vacías que apuntaban al altar. Tres rosetones de vidrio policromático se exhibían en el centro, cada uno detrás de sus respectivas bellas estatuas: Jesús en el medio, María a su derecha y José a su izquierda. Sus ojos apacibles parecían estar fijos en ellos con cada paso que daban, no ayudaba demasiado a calmar la sensación de paranoia que los había acompañado desde que se encontraron en las calles de Bucarest – ¿Qué les ha pasado?

Demonios – musitó torpemente  mientras miraba al Cazador. Hizo una mueca: si bien no eran heridas graves su estado no era el mejor del mundo –. ¿Tiene un botiquín, padre Zachariah? Puedo curarle.

Tú también necesitas una curación. El botiquín si mal no recuerdo está en la sacristía, no tengo buena vista así que acompáñame Hope – señaló al castaño –. Tú puedes quedarte aquí por si otra víctima viene a esta iglesia.

Hope siguió al padre Zachariah mientras la guiaba hacia la sacristía, un pequeño cuarto sin muchos elementos más que un par de armarios y un lavabo.  La pelirroja se dirigió a la alacena que el cura le indicó y comenzó a rebuscar el botiquín entre hostias sin bendecir, velas y estolas de distintos colores pulcramente dobladas.

Padre, no es... – la mano del mayor tapó su boca y su brazo rodeó su cuello, presionándolo con fuerza. Hope comenzó a patalear frenéticamente, mordiendo con fuerza la mano ajena y clavando con sus uñas en ese brazo. Sentía la desesperación por la falta del aire y su mirada comenzó a tornarse borrosa, puntos negros empezaron a aparecer en ésta.  “¡No! ¡No dejes que la oscuridad te atrape! ¡No puedes morir aún!”, su mente gritaba en un férreo esfuerzo por aferrarse a la conciencia. Y entonces cuando creyó que todo estaba perdido sus manos emitieron una fuerte descarga eléctrica que provocó que el otro retrocediera.

Corre... – Hope observó aturdida como el padre Zachariah, con el brazo derecho a carne viva chamuscado por la electricidad, se encorvaba extrañamente mientras luchaba por mantener la posesión de su cuerpo – Vamos co...!

Su voz débil se transformó en un sonido gutural, los castaños y apacibles ojos del cura se tornaron totalmente naranjas, inyectados en sangre con afiladas pupilas negras. Su frente se echó hacia atrás pegándose al cráneo de forma antinatural, dos cuernos símil a los de un toro sobresalían de ésta. Sus uñas crecieron velozmente, transformándose en filosas garras que terminaban en curva y parecían ser capaces de cortar cualquier cosa. Sus labios esbozaron una sonrisa macabra mostrando una hilera de colmillos amarillentos y afilados mientras que una larga cola con escamas, idéntica a la de un lagarto, se balanceaba de un lado a otro erráticamente. No existía ningún vestigio de la solemnidad y bondad del padre Zachariah, ya no tenía retorno: él había desaparecido.

Hope observó aterrada a aquel demonio, se veía a simple vista que no era igual a los anteriores con los que se habían enfrentado, el hecho de que pudiera entrar a una iglesia y camuflar su aura con la del cura para que no lo descubrieran ya lo hacía superior al resto.

El demonio corrió hacia ella al tiempo que abría la puerta para escaparse de allí, éste le dio un zarpazo con ferocidad y Hope dejó escapar un grito agudo por el dolor, sintiendo cómo aquellas uñas desgarraban su espalda.  Lo electrocutó como acto reflejo, la criatura gruñó y su cola se movió aún más, golpeándola con fuerza y lanzándola varios metros en el aire, cayendo con brusquedad sobre el altar;  sentía los músculos entumecidos por los golpes y se sorprendió internamente por no tener aún ningún hueso roto.

El demonio saltó cayendo sobre ella, sus garras se posaron sobre sus muñecas aplastándolas y Hope hizo acopio de toda su voluntad para no gritar de dolor.  

¡Corre! ¡Es muy fuerte! – gritó al Cazador sin siquiera verlo –. ¡Trataré de contenerlo lo más que pueda! ¡Tienes que escapar! – chilló desconcertada. Su cuerpo emitió varias descargas eléctricas al demonio que siseó más irritado que adolorido: ni la electricidad ni las patadas que ella no paraba de darle parecían detenerlo. Hope entonces llegó a la fatídica conclusión de que no era lo suficientemente fuerte para detenerlo y ese probablemente sería su final.

Sus ojos se cristalizaron y varias lágrimas salieron de estos, la comisura de los labios del demonio se ensancharon alegres y le lamió las mejillas húmedas con su larga lengua bífida emitiendo un gutural sonido de placer. Hope hizo una mueca de asco percibiendo el nauseabundo hedor a putrefacción, sulfuro y muerte.

“Al menos el Cazador va a salvarse”– pensó a modo de consuelo y cerró los ojos, dejando volar su imaginación: estaba en una playa, con el viento agitando sus cabellos de forma agradable y trayendo consigo el aroma a sal. Podía sentir el agua fresca en sus pies desnudos y oír el tranquilizador murmullo de las olas. Alzó la vista al cielo fascinada con la fusión de celeste, naranja y rosa del atardecer. Sonrió levemente: si iba a morir al menos que fuera en un lindo lugar.
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Vie Dic 20, 2013 8:58 pm



Savin' me



Frecuentes son los giros del destino, cuando no haces más que tentarlo a presentar un desenlace trágico. Podría haber desaparecido entre las sombras una docena de veces en los últimos diez minutos, dejando como rastro nada más que postimágenes de esa silueta envuelta en ropas largas y pesadas. Dejar a su suerte a esa muchacha que no podía ni darse el lujo de llamar conocida. Y aún así, su propio cuerpo se convertía en nada más que un escudo, un sacrificio aceptable, al tener que proteger a esa perfecta desconocida.  
Metro a metro de colisión, se recordaba a sí mismo que no podía desmayarse, que debía evitar golpes en su cabeza, pero por sobre todas las cosas, debía proteger a la inocente víctima. Desafortunadamente, en algún punto de esos incesantes rebotes, su frente dio de lleno con el panel quebrado detrás del parabrisas, apagando las luces de su conciencia; un giro antes de que el vehículo se detuviese sobre el asfalto.
Resultados atroces saltan sobre uno cuando deja que una causa noble sea motivo para apostar la propia vida, le recuerdan lo fácil que una se puede perder todas las fichas en una mala jugada. Así sea en la forma de un accidente de tránsito, o de un demonio aplastado en el asiento trasero, intentando zafarse para cercenar los cuellos frente a él con sus propias garras.
Sí, definitivamente, desenlaces atroces  bailan fervientemente en una performance horrorosa de la muerte y el azar, cuando uno tienta al destino. Lastimosamente para ellos, Jensen no era un extraño a su coreografía.  
No lo creo. — Se oyó en el interior del vehículo, seguido de un grito ahogado. El destello naranja de esos ojos poseídos alumbró la destrozada cabina.
Sus orbes reflejaron ese familiar tono como espejos, esperando a que se apagase por completo para retirar el filo de metal grabado. Soltó un leve suspiro mientras dejaba que su nuca descansase sobre los trocitos de vidrio; sus ojos de cara al exterior.
Un hilo de sangre bajaba por un lado de su rostro, su mejilla se sentía entumecida, le costaba respirar apropiadamente, y no estaba seguro de qué, pero algo había quedado fuera de su lugar en su hombro derecho. Era uno de esos momentos en que el frenesí de la adrenalina se convierte en fatiga, y uno sólo quiere cerrar los ojos y recuperarse. Lo hubiese hecho tal vez, sino fuese porque el cable que había cortado aún podía proveer electricidad, funcionando como un detonador para cualquier pérdida de combustible. Por si aún cabían dudas de lo tediosa que es la tarea de mantenerse vivo cuando se es Jensen Ackles.
A juzgar por la rapidez e inquietud con la que esa mancha magenta buscaba escabullirse hacia el exterior, supuso que él había sido el único idiota herido en la filmación de ese choque digno de ser parte de alguna película de acción Hollywoodense.  
Viendo la escena de cabeza, recordó que las ropas de la muchacha no eran tan gruesas ni largas como las suyas, y que podía lesionarse con algún borde filoso o los propios vidrios. Con un tono de regaño, frunció el ceño exclamando en una clara voz.
Ten más cuidado, te lastimarás.
Escapó del auto que ahora no era más que un montón de chatarra inservible y una bomba de tiempo, incorporándose con letargo. El hombro ardía desde el interior cada vez que se atrevía a hacer un movimiento brusco. En un intento de minimizar la molestia, abrazó su propio cuerpo con el brazo lesionado, pudiendo contar ahora únicamente del izquierdo.
A pesar de lucir visiblemente desgastado y herido, sólo unos ocasionales quejidos escapaban de sus labios. Sus ojos no mostraban signos de dar importancia a su estado actual, en cambio, se posaron en la multitud de demonios a la distancia. Docenas de ojos negros observándolos sin expresar emoción alguna, esperando. Docenas de rostros impasibles a la expectativa de algo. ¿Pero qué?
Jensen se paró allí unos segundos, esa bufanda carmesí cubriendo su rostro hasta debajo de su nariz. Asintió hacia la muchacha, pero al encontrarse con el paso cortado se detuvo en seco. El conductor del camión que los había embestido, un hombre y corpulento de edad media. Recordó que aún si tenía el cuchillo, una parte de su ser estaba ausente.
¡Espera! Mi pisto--. — Murmuró volteándose hacia el auto, mas se congeló en el lugar como si sus pies fuesen clavados al suelo por estacas. El estruendo de un disparo le hizo agacharse levemente. Hasta que se dio cuenta de que provenía de esa Colt M1911 plateada que él mismo debía portar.
Se quedó frío por un momento, le costaba trabajo ver a cierta distancia, probablemente debido a una molesta contusión. La figura de esas gemas magenta mirándolo con decisión, extendiéndole su arma. Jensen por un segundo encontró surrealista el momento.
Al no poder blandir dos armas, tuvo que dejar descansar la ensangrentada hoja en reemplazo de su fiel compañera. Cubriendo la retaguardia con ojos en su espalda, respondió con un dejo de sarcasmo.
Lo que sea, Mérida. Apúrate.
En un par de ocasiones se giró por completo hacia los demonios, contemplándolos con inquietud. Los estaban dejando huir. No tenía sentido, matarlos no habría sido problemas con su número. Como si quisiesen dejarlos ir. Lo que tratándose de demonios, nunca es bueno.
Jensen ingresó a la capilla, sintiendo la urgencia de dejarse caer sobre una de las bancas. En teoría podía darse el gusto, todo terreno sobre el cuál se levantase una capilla pasaba a ser tierra sagrada, al igual que los camposantos. Los espectros malignos sufren una destrucción inmediata al cruzar sus límites, mientras que los demonios sencillamente no pueden poner un pie dentro. Ideal para reponer fuerzas.
Y aún así, ese odioso presentimiento, ese augurio de que estaban justo dónde los demonios lo quería, no lo dejaría en paz.
El castaño volvió en sí sólo cuando le dirigieron la palabra, mirando de reojo a la muchacha. Conociendo ahora su nombre, encontraba cierto dejo de una dulce ironía. Asintió a las órdenes con sus labios manteniendo una expresión que no se definía ni como pesar ni como alegría.
Padre, sus rodillas están heridas. No deje que se esfuerce demasiado. — Musitó tomando el cuchillo con un sonido metálico al desenfundarlo. Mostraba preocupación por el estado de ella más que por sus propias heridas. Probablemente fuese porque consideraba que, de alguna forma, su vida era más importante. Ella era inocente.
Los pasos de Hope alejándose lo pusieron incómodo. Siempre que protegía a una victima, lo hacía solo, sin contar con nadie más. Hasta que el trabajo no estaba hecho, no se alejaría de quien fuese que tuviera que proteger. Y sin embargo... ¿por qué tenía esa sensación de incomodidad?
Jensen se agachó sobre el suelo de madera, acariciándolo con sus yemas. Suspiró fuertemente al notar su dureza, clavando la punta de la hoja sobre ella. Costaba, y más con su mano izquierda, horrores tallar algo que fuese débilmente similar a lo que buscaba. Alzando la vista, presumiendo que después de eso podría descansar y tener tiempo de tratar sus heridas, una gota de sangre cayó de su mentón. Sus ojos puestos en la estatua de Cristo en el medio; mirándolo con severidad.
Todavía ligeramente mareado, le devolvió la expresión de enojo.
Estoy cazando demonios un viernes por la noche, tuve un accidente de tráfico, y no se bien que es, pero algo no está en su lugar en mi hombro. ¡Y no me gusta para nada! — Agregó con una voz baja pero potente, graciosamente, lucía embravecido. — Así que mejor cierras el pico si vas a decir algo porque estoy “profanando la casa del Señor” o algo por el estilo. De hecho, ¿por qué no me das una mano, para variar?
Preguntó mirando la figura como si esta fuese a responder, aunque con mirar a las manos clavadas vilmente a los lados de la cruz, Jensen chasqueó su lengua.
Siempre una excusa...
Murmuró volviendo a su tarea, describiendo a duras penas un pentagrama con las puntas ligeramente proporcionales. Trazo con sumo cuidado un círculo que lo rodeara, logrando una plataforma sobre la cual tres o cuatro personas podrían pararse cómodamente.
Padre, ¿por de casualidad no tendrán algo de sal? — Preguntó alzando la voz, llevando la punta del cuchillo al espacio vacío entre las dos puntas inferiores.
La respuesta que le llegó no fue humana, sino un quejido infernal. Una agonía que iba más allá de lo físico, del alma misma. Jensen se levantó de inmediato, volteándose hacia el altar.
¡¿Qué dem..?! — Pronunció callando con un vuelco en su pecho.
La imagen de Hope volando por las aires lo dejó sin habla, de esa niña inocente y confundida, cayendo tan brutalmente sobre el altar que en tiempos mejores servía de guía para los fieles. Impactado, poca importancia le dio a las dimensiones del demonio que la apresaba. La empuñadura de hueso sufría una presión tal por parte del castaño que sentía que la iba a hacer añicos.
Un Eidolon. Un demonio capaz de no sólo manifestar parte de su verdadera forma en el mundo humano, sino que también dueño de una fuerza y resistencia sin igual. En su vida había visto dos, o tres de ellos como máximo. Y en todas las ocasiones había recurrido a otros Cazadores para poder contenerlo y exorcizarlos. Jamás había escuchado que nadie hubiese logrado matar a uno.
El reflejo en sus orbes de los diminutos rayos que emanaban de las manos de Hope lo desconcertó, pero no lo hizo dudar cuando se lanzó a correr hacia el altar.
¡Hey, mini-Godzilla! — Gritó deteniéndose a la mitad del pasillo, alzando la hoja en los aires para detenerla frente a él; en un gesto de amenaza a la bestia. La bufanda roja caía con sus finales detrás y delante de él. — ¡Exzorcizamus te, omnis immundus spiritus, om...! — Comenzó a recitar buscando regresarlo al Infierno del que vino, logrando captar la atención y la ira del ser.
Las consecuencias de ese atrevimiento jamás pasaron por la mente del Cazador. Que ese lagarto gigante, con los restos de la sotana colgando de su cuerpo, se lanzaría por los aires en su dirección. Las tablas del suelo se vieron astilladas por el golpe, hundiéndose levemente. Y el rugido atronador le hizo llegar el aliento a sulfuro y peste con una ráfaga de aire como un tornado.
Jensen protegió su rostro con su brazo, bajándolo solo para contemplar esa bestia de dos metros de alto. Acorazada por escamas con su mero roce podían causar graves heridas; filas de dientes afilados como guadañas. Y esas garras capaz de cortar a través de tendones, músculos y huesos con un simple ademán.
Lo entendió de inmediato. Aún estando con su cuerpo intacto, el resultado hubiese sido el mismo; lo único que había logrado al hacerlo enfadar, fue que tuviera una cena de dos en vez de uno.
... — Retrocediendo un paso, suspiro. Podía escuchar a la bestia reír, pero restó importancia. Sus dedos se encontraron frente a su pecho,  desprendiendo el montgomery botón por botón. Luego lo dobló con cuidado sobre su antebrazo. El demonio lo observó asombrado, mirando Jensen dejaba el abrigo sobre una banca, toqueteando los botones del smartphone.
Un segundo, corazón, estaré contigo de inme... — Comenzó a musitar en un tono de voz burlesco, como si olvidase con que estaba lidiando.
El lagarto rugió nuevamente, provocando que dejase caer el aparato; y esta vez se lanzó hacia Jensen.
Desde los parlantes, You're Gonna Go Far, Kid de The Offpring comenzó a sonar.
Jensen abrió los ojos ampliamente mientras la colosal figura se abalanzaba en su dirección; conteniendo sus músculos de reaccionar. Espero al instante en que lo tuviese cara a cara para girar hacia un lado, posicionándose a sus espaldas para dar un veloz corte a su nuca a la mitad del movimiento. El lagarto se tambaleó mientras se veía los rayos naranjas emanar de la piel con un sonido eléctrico, quemándolo con un grito de ira y dolor.
El demonio se volteó nuevamente, esta vez arrojándose para aplastarlo. El Cazador elevó la hoja en los aires sosteniéndola con ambas manos, perforando el pecho hasta la empuñadura. El peso del lagarto lo desplomó sobre el piso, teniendo que llevar un brazo frente a su cuello para mantener a una distancia mínima esas fauces llenas de colmillos. La saliva cálida, pegajosa y repugnante del demonio caía sobre su mejilla mientras esos ojos inyectados en sangre mostraban la intención de hacerlo pedazos.
Jensen vio como elevaba su brazo para rebanarle la cabeza, y con un grito propio de un soldado, convocó todas sus fuerzas para arrojarlo a un costado. Las garras pasaron a apenas metros de su rostro, demoliendo la superficie de madera y apenas rozando su mejilla.
Por desgaste, así sería como ganaría esa batalla. No iba a morir. No iba a morir, tan sólo necesitaba un par de apuñaladas más, sólo eso; se repetía a sí mismo mientras se incorporaba. La gigantesca cola de lagarto no le dio tiempo ni de alzar la mirada, golpeándolo en el abdomen y lanzándolo por encima de las bancas de la Iglesia.
Aterrizó sobre el final de una de ellas con el impulso empujándolo hasta el final, su espalda y nuca golpeándose vilmente contra la pared. “Es tan sólo un rasguño”, se dijo a sí mismo.
Tsch... — Con sus palmas de cara a los azulejos, se volvió a alzar, cada célula de su cuerpo quejándose por ese simple movimiento.
Entonces se dio cuenta, no tenía la daga en su mano. Palpó institvamente sus bolsillos, examinó el suelo sobre el que había caído, las bancas. Y lo encontró aún clavado sobre el pecho del lagarto.
La bestia ya no sonreía, estaba furiosa. Su cuerpo empujó la hoja expulsándola de su organismo entre quemaduras y sangre negra, cayendo esta frente a él. Jensen volvió a sentir miedo, con apenas tres metros separandolos y la única arma que tenía para matar demonios fuera de su alcance.
Creo,... creo que eso es mío. ¿Serías tan amable de...? — Comenzó nuevamente, el mismo escape. El mismo modus operandi de pretender que todo está bien cuando en realidad se está yendo al infierno. Pero el demonio ya no se lo toleraría; ese muchacho sarcástico y egocéntrico ya le había colmado la paciencia.
Se arrojó tirando a un lado con su cola los asientos con una ferocidad tal que estos volaron por los aires, aprisionando al Cazador contra la pared. Centímetro a centímetro, extendiendo sus garras a los costados.
No podía retroceder. No podía escapar a la derecha. Tampoco a la izquierda.
El cráneo del lagarto se estrelló contra la pared, haciendo pedazos los azulejos como si se tratase del más frágil vidrio. Esos que Jensen se había volteado para patearlos, darse impulso y saltar de espaldas detrás del monstruo. Las suelas de sus Converse aterrizaron habilidosamente sobre el borde de la banca, y con una velocidad envidiable, empuñó la Colt M1911 hacia la cabeza del lagarto.
Estruendo tras estruendo, las balas marcadas con ese pentagrama en la su superficie se enterraron la parte trasera de su cabeza. El demonio posó sus garras en la pared inmovilizado, volteándose con una lentitud impropia de su especie.
Tick. Tick. Tick. El gatillo ya no impulsaba ningún proyectil, el cargador estaba vacío. Y el demonio ya se había recuperado de los efectos. Jensen soltó el arma, intentando correr, pero las garras lo alcanzaron. Se enterraron de lleno en su brazo izquierdo, el único sano; las gotas de sangre carmesí danzando en el aire, y manchando esas garras animalísticas.
El golpe envió a Jensen al final de la madera, tambaleándose para no caer al suelo. Aterrizó mirando de frente al enemigo. Como si olvidase que su hombro, llevó la palma a los tres cortes sobre su piel. Chasqueó su lengua con el sudor y la sangre turnándose para caer de su mentón. Había perforado la camisa, la remera bajo ella, y su piel. Aunque no era tan profundo, el dolor era atroz. En ese estado deplorable, sonrió.
¿Ves? Por esto no quería arruinar el abrigo.— Murmuró mientras la bestia corría hacia él. — Aunque también es porque, como verás...
El demonio corrió hacia él. Había perdido el juicio para no correr, ni a un lado ni al otro. Ni siquiera se molestó en esquivar. Para poner más turbio el asunto, se abalanzó hacia el reptil. Su mano derecha fue llevada a sus espaldas, tomando algo. Se agachó ligeramente, y las garras cortaron el aire. El sonido de la carne siendo rebanada y la sangre fluyendo a borbotones intoxicó el ambiente.
El Cazador cayó sobre su rodilla; incapaz de seguirse moviendo.
La cabeza rodó por el suelo hasta frente al altar, con esos ojos incrédulos perdiendo brillo.
Esa cabeza reptiliana, incrédula, y con afilados, mortíferos colmillos. Entre las manos del Cazador estaba empuñado un sable, aquel que enfundaba a sus espaldas, manchando con la sangre del demonio. Y detrás de él, ese cuerpo colosal, pero sin vida, con su brazo aún contraído tras haber cercenado nada más que unos cuantos cabellos castaños.
Siempre tengo un plan B.
Murmuró entre respiraciones de cansancio, con el colosal cuerpo desplomándose a sus espaldas; quemándose lentamente a sí mismo en un nauseabundo olor a azufre, como el de huevos podridos.
Jensen soltó el sable Scramasax, intentando incorporarse, sólo para dejarse caer de nuevo. No tenía más fuerzas, prefería dormirse allí; aunque fuese un segundo.
La biblioteca de música del lugar cambió finalizada la canción, sonando una música que provocó que quisiera levantarse par apagarlo. Como si un lagarto gigante se hubiese arrojado sobre él
“I came in like a wreecking ba...” Alcanzó a cantar la vocalista, antes de que Jensen lo apagara. Volteándose hacia la muchacha, con el rostro levemente ruborizado por más de un motivo, exclamó.
¡No sé como llego eso ahí! ¿¡Entiendes!? ¡No es mío! — Se justificó volteándose molesto, con un "Tsk" incorregible escapando de sus labios. Dio un paso antes de que su cuerpo le recordarse su estado, y lo obligase a caer de rodillas. Llevó su mano derecha a su hombro izquierdo, pero su antebrazo derecho ardía por los cortes.


Última edición por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 10:12 am, editado 1 vez
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Hope Everdeen el Mar Dic 24, 2013 11:47 pm

¿Cómo es morir? ¿Qué se siente? ¿Hay dolor? ¿Todo es negrura o al contrario, una luz destellante? Hope imaginaba cientos de escenarios, aún con su mente vagando en aquella bonita y desértica playa de Bucarest. No sabía qué esperar, no estaba segura de qué pasaría exactamente cuando la parca la arrancara de su sitio para llevarla a ese desconocido y misterioso lugar que sólo puedes conocer cuando tu corazón deja de latir.

Sea lo que fuese, Hope no lo sabría aún: aquella caprichosa encapuchada decidió no asistir a su encuentro. La presión contra su cuerpo desapareció de repente, llevándose consigo también el aroma a sulfuro. Abrió los ojos al escuchar las exclamaciones del Cazador y gritó viendo como ese demonio se abalanzaba sobre él.

No, no, no. Todo esto estaba mal. El Cazador debía salvarse, era lo justo: ella no era precisamente una víctima inocente sino la culpable de todo lo sucedido. Numerosas vidas habían sido arrebatadas por su culpa, gente que volvía de sus trabajos o hacía deporte murieron esta noche simplemente para servir de contenedores.

Hope se incorporó con lentitud: no era precisamente el momento para sentir culpa. Su cuerpo sólo clamaba por un poco de descanso que ella no podía darle mientras la música de rock sonaba de fondo. Conocía la canción, es más incluso la tenía en su teléfono, jamás pensó que la escucharía en un tipo de situación como la que ahora se encontraba: con un demonio con forma de lagarto tratando de matarlos.

La pelirroja corrió hacia ellos pero su cuerpo no dio más, cayó al suelo agotada y se maldijo a sí misma por ser tan débil. No podía rendirse aún, no con el Cazador tratando de salvar su vida. Deseaba tener esa misma fuerza y resistencia, recibir los golpes y aún así luchar como si nada hubiera pasado. Veía retazos de la lucha mientras la embargaba esa molesta sensación de impotencia. El castaño combatía dando todo de sí, era una lucha reñida: incluso herido continuaba siendo un duro adversario. No podía levantarse, su mirada se tornaba borrosa mientras se arrastraba tratando en vano de ayudarlo.

La música seguía sonando, la lucha parecía cada vez más distante a ella. Sobrevive, pensó Hope mirando al Cazador. Segundos después perdió la conciencia.

“See the lightning in your eyes, see’m running for their lives!”

Abrió los ojos de repente, aún con esa frase resonando en sus oídos. Se agachó respirando agitada tratando de contener el dolor, el suelo de mármol bajo ella se manchaba del carmesí de la sangre de sus heridas. ¿Cuántas tenía? Veía cortes en su mano y sus rodillas, donde algunos trozos de vidrio se incrustaban dolorosamente en ellas. En el reflejo del mármol pudo ver las líneas de sangre que recorrían un camino carmesí desde su frente hasta su mentón, traspasando por sus mejillas. No lo tenía antes por lo que supuso que había sido regalo del demonio lagarto como los largos arañazos que tenía en su espalda.

Alzó la vista al Cazador, aún confundida por ese corto desmayo. Vio anonadada sus manos moviéndose ágilmente mientras la cabeza del lagarto volaba por los aires detrás de él.

La alegría de verlo vivo fue su éxtasis, se levantó corriendo torpemente hacia él, pero las palabras de esa conocida voz femenina la hicieron detenerse en seco a unos centímetros de distancia entre ambos. No pudo evitarlo: al instante comenzó a reír a carcajadas en una contradictoria mezcla de nervios, miedo, alivio y alegría.

Descuida, no te juzgo por tus gustos…peculiares – su voz se fue haciendo más débil cuando vio que caía al suelo de rodillas –. ¡Cazador! – apuró su paso y se arrodilló frente a él viendo primero los cortes de un brillante rojo en su brazo derecho, hizo una mueca luego al distinguir el hueso salido de su lugar en su hombro izquierdo. No parecía de todas formas espantada por lo sucedido o por la sangre que no paraba de manchar a su alrededor – Sé que no nos conocemos, ni siquiera sé tu nombre – Quitó con suavidad su mano y puso las suyas en su lugar, la derecha en el hombro y la izquierda en su omóplato –.Probablemente desaparezcas mañana y vuelvas a tu vida pero… ¿podrías confiar en mí? Al menos hasta que termine esta noche de locos. Confía en mí, ¿sí? Dolerá un poco pero sé lo que hago. Tiraré a la cuenta de tres: uno… – tiró con fuerza escuchando el inevitable gemido de dolor del otro mientras el hueso volvía a su lugar con un chasquido. Lo soltó de inmediato, viendo conforme el resultado –. Si no esperas el dolor se hace un poco más llevadero, o al menos eso creo. Ahora trataré esos cortes, espérame un segundo.

Corrió hacia la sacristía de nuevo, el hecho de poder hacer algo la impulsaba a mantenerse consciente. No había gran cosa allí, encontró el botiquín que resultó ser una gran decepción: unos simples Ibuprofenos, una tijera, un pequeño trozo de gasa que no podría cubrir nada, algunas curitas y una botella de agua oxigenada vencida, la marca de la misma era bastante antigua y la pelirroja podía apostar a que ya no existía.
¿Es qué nadie se accidentó en esta iglesia?– bufó molesta. Necesitaba desinfectar la herida del castaño pero no usaría ese alcohol vencido, sólo podría empeorar su estado y causarle más dolor. Observó entonces las botellas de vino que había apiladas a un costado para usarlas durante las misas, leyó rápidamente los ingredientes y la tomó: serviría para el momento.

Un pequeño desnivel le hizo trastabillar, mantuvo el equilibrio y vio el simple collar del padre Zachariah que consistía en un hilo negro con una pequeña cruz de madera. Lo tomó sintiendo una punzada de dolor. Ese hombre era la persona que mejor la conocía. Los momentos de confesión junto a él no sólo eran una expiación de sus pecados, sino también un modo de descargar sus secretos: el hecho de no poder ser feliz, la molesta sensación de que algo estaba mal en ella, de que esa vida no le pertenecía, el modo en que mentía y engañaba a sus padres para mantenerlos conformes. El padre Zachariah le había dado un espacio para poder ser ella misma, no tenía que aparentar ser feliz ni tampoco preocuparse de que la descubriesen, los labios del cura permanecían firmemente sellados, tanto que incluso sus secretos los llevó a la tumba.

Apretó la cruz con fuerza mientras se negaba a llorar: no se lo merecía, no después de haber sido la causante de su muerte. Porque Hope lo sabía: ella había causado que ese demonio posara su atención en el padre, era la culpable aún sin haber sido ella específicamente quien lo despojó de su esencia terrenal.

Guardó la cruz en su bolsillo y se sentó en una silla para curar sus heridas, al menos las de las manos y las rodillas. No podría sino tratarlo a él como lo merecía, en medio de algunos jadeos de dolor quitó los trozos de vidrio incrustados en su piel y limpió los cortes, usando las banditas para cubrirlas. Volvió finalmente a donde estaba el Cazador quien no se había movido un ápice de su posición.

Se sentó a su lado y sin decir palabras mojó la gasa con el vino para limpiar su herida. Si bien siseó un poco, se veía a simple vista que el castaño estaba acostumbrado a soportar el dolor y los golpes, como Hope también a sanarlos. No era la primera vez que limpiaba una herida, su padre le había enseñado bastante de su oficio y solía ayudarlo con su trabajo comunitario de los sábados.

Suspiró aliviada viendo que no era lo suficientemente profunda como para hacer puntos, terminó de romper la manga de la camiseta ajena y se quitó su pulóver de hilo blanco (con la espalda hecha jirones al igual que su camisa) enredándolo de tal forma que creó una venda improvisada alrededor de su herida. Hope le dirigió una mirada crítica, la misma que su padre hacía cuando veía el estado de un paciente y asintió al igual que él cuando un trabajo estaba bien hecho.

Al instante habían cambiado los roles en un acuerdo silencioso, ahora el Cazador estaba limpiándole la herida de la frente mientras ella observaba su expresión concentrada. Debía molestarle aquel escrutinio tan intenso, pero distraerse contemplando los ángulos de sus facciones era lo mejor para no pensar en el dolor. Viéndolo más de cerca, sólo parecía tener un par de años más que ella, pero algo en él le hacía parecer adulto. Supuso que debían ser sus gestos y su mirada, esa que parecía haber visto infinidades de desgracias. ¿Esa era la vida que le tocaría seguir a ella de ahora en adelante? Sintió un escalofrío, aún con la molesta sensación de que ya nada volvería a ser como antes.

Una vez que colocó la bandita en su frente le dio la espalda y desabrochó su camisa, la deslizó hacia abajo, quedando las mangas arrugadas a la altura de sus muñecas. No tuvo que decir absolutamente nada, al instante sintió el ardor del vino y la presión de la gasa sobre su piel. Se mordió el labio y a pesar de que no contuvo los quejidos del dolor tanto como el Cazador, lo había hecho considerablemente bien.

Ni bien terminó de abrochar su camisa se giró hacia él y lo abrazó. Duró unos pocos segundos, un "gracias" silencioso representado en un abrazo cuidadoso que temía presionar sus heridas.

- ¿Alguna idea de cómo salir? - preguntó separándose de él. Caminó hacia el destruido altar, arrodillándose frente al imponente sagrario dorado, allí donde decían que residía el cuerpo de Cristo, siempre dispuesto a entregarse a sus más fieles y nobles seguidores - Lo lamento, padre - sacó el collar y lo puso a los pies del tabernáculo: una sencilla despedida a quien fue su único confidente.

- Quédatelo- alzó la mirada sorprendida al escuchar esa voz. Al lado de ella estaba el padre Zachariah vestido con sus típica sotana negra. Parecía increíblemente vivo, como si en ningún momento un demonio hubiera tomado posesión de su cuerpo. Su mirada avellana y su característica sonrisa apacible le transmitieron una agradable sensación de paz -. No tengo nada que perdonarte, Hope: no eres la culpable.

- Lo soy - insistió, apretando los puños - En serio, lo lamento.

- No tienes que lamentarte de los muertos, no es tan malo como crees- señaló la silla a la derecha de la principal -. No hay tiempo que perder, es un pasaje antiguo, podrán salir a salvo de aquí.

- Gracias, padre - sus magentas se posaron en él lleno de esperanzas - ¿Lo volveré a ver?

Él le sonrió y entonces se desvaneció sin decir ninguna palabra.

- Entiendo – murmuró sintiendo un nudo en su garganta. Tomó el collar y se lo puso, la cruz se balanceaba sobre su pecho mientras avanzaba segura hacia donde Zacharias le había indicado. Corrió la silla, sorprendiéndose de lo pesada que era y encontró la puerta trampa camuflada como otro simple adoquín. Al sacarla vio unas pequeñas escaleras de piedra que iban en descenso – ¡Cazador, deja de escuchar a Miley Cyrus y ven aquí! ¡Deberías ver esto!

No hizo caso a las quejas ante su comentario, ni bien se acercó ella comenzó a descender por ese camino con seguridad. No había otros lugares por los cuales escapar, los demonios estarían probablemente apilados alrededor de la Iglesia Saint Michael y esos pasajes eran un completo secreto, dudaba que encontraran a alguien debajo. Pero principalmente se sentía segura adentrándose a aquella boca de lobo porque el padre Zacharias le había dicho y confiaba ciegamente en él, claro que eso su compañero no lo sabía, o al menos eso suponía Hope.

El pasaje era estrecho y de piedra, con un fuerte aroma a humedad. Hope sacó su teléfono para activar la opción de linterna y ver hacia donde avanzaban. No era demasiado complicado: el camino iba completamente en línea recta y Hope comenzaba a esperanzarse con que finalmente iban a salir cuando una bifurcación la hizo detenerse en seco. El castaño, detrás de ella, chocó contra su espalda.

- ¿Derecha o izquierda?

Esperó a que eligiera y siguieron por ese camino. Éste fue elevándose y Hope agradeció profundamente eso, esperando finalmente salir de allí. El olor a humedad ya comenzaba a darle dolor de cabeza, además de que sólo deseaba llegar a su casa y estar aunque sea unos cinco minutos sin pensar en que de repente un demonio aparecería dispuesto a atacarlos. ¿Cómo hacían los cazadores para vivir constantemente con esa sensación de paranoia? Hope sentía que se volvería loca si seguía así.

Luego de unos cuantos minutos que se le hicieron eternos, subieron otras pocas escaleras y llegaron al final del recorrido. El Cazador empujó la puerta sobre el techo, abriéndola hacia delante. Contrario a lo que la pelirroja pensaba, no los recibió la luminosidad del exterior sino más oscuridad. Una impenetrable oscuridad acompañada del característico perfume de la muerte, esa mezcla de flores que usaban en los funerales. Lirios, dedujo. Hope dio unos pasos en aquel nuevo lugar chocando contra algo duro, lo alumbró y dio un salto hacia atrás, dejando escapar un grito.

Frente a ella había un ataúd. Dio unas largas bocanadas de aire para recobrar el aliento. Fue directo hacia la puerta del panteón, tratando de abrirla en vano - No abre – forcejeó con ella por unos minutos, sus nervios a quedarse encerrada fueron tantos que un chispazo azulado alumbró la oscuridad de la habitación y explotó la cerradura. Empujó la puerta y ésta se abrió con un chirrido por el óxido. Frente a ellos se extendía un enorme y antiguo cementerio lleno de panteones, tumbas y estatuas de ángeles. Unos cuervos graznaron molestos y se alzaron en vuelo ante la presencia de aquellos intrusos – Hazme acordar que jamás te deje elegir de nuevo.

OFF:
Lo terminé en el celu así que cualquier error culpá a esta carcacha y a la fecha. Si bien no cumplí con el día, al menos no subí el post el 26, lol. En fin: ¡Feliz Navidad nenito! <3
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Sáb Dic 28, 2013 9:24 pm



Savin' me



A los Cazadores se los considera egocéntricos, antisociales y arrogantes. Peligrosos también, personas sin escrúpulos capaces de hacer todo para cumplir su trabajo. Gente con la que no se debe tratar si no es sólo y exclusivamente para hablar de trabajo, que atrae las desgracias a su caminar. Esto es un estereotipo, y uno muy injusto por cierto. Enfrentémoslo, gracias a ellos la gente ingenua e ignorante puede dormir en sus casas sin el miedo de que un monstruo corte sus gargantas y les abra las costillas para devorar su corazón. Por eso los Cazadores son prepotentes, porque nadie los entendería.
Eso no significa que no sean conversadores, sólo se necesita saber a dónde ir. A dónde pueden hablar sobre vampiros y demonios sin sentirse lunáticos ni atraer miradas. La cantina Harvelle era uno de esos lugares.
El castaño pasó la puerta, haciendo sonar una pequeña campanilla en la esquina. Varios hombres mayores que disfrutaban de un trago se voltearon hacia la entrada, algunos saludándolo con un movimiento de su cabeza; otros alzando el vaso ligeramente. No era extraño que lo conociesen, no era tan sólo un cliente regular. Era uno de los mejores Cazadores que habían conocido.
Vaya, vaya, si es Jensen Ackles. — Lo llamó una voz familiar. — Hace tiempo no te veía por aquí, rockstar. — Era el muchacho detrás de la barra. Su nombre era Ash, y era bastante carismático, con su ese corte mullet y ese chaleco que lo hacía parecer sacado de una película de los '80.  — ¿Qué te sirvo esta vez?
Ha pasado un rato, eighties. Lo mismo de siempre. — Respondió sonriendo ligeramente. Le incomodaba la cantina, ya que gran parte de los Cazadores allí, si bien le tenían respeto, más que nada le temían. Lo hacía sentir fuera de lugar, como si él fuese el monstruo. Afortunadamente, habían un par de personas que lo hacían sentir como en casa, una de ellas era Ash.
Éste sacó una cantimplora metálica del mostrador y sirvió lo que parecía ser agua en un vaso pequeño.
Jensen sonrió sentándose frente él, mientras alzaba las cejas incrédulo.
¿Agua bendita? ¿En serio, Ash? — Preguntó mirando el vaso incrédulo.
Hey, lo siento, amigo. Son las reglas. Aunque seas tú, no estás libre de ser poseído.
Sabes muy bien que sí, Ash. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? — Sonrió llevando sus yemas al cuello de la camisa, tirándola ligeramente hacia abajo. Sobre su piel, del lado izquierdo de su pecho, se podía ver claramente la tinta negra definiendo un tatuaje de lo que parecía ser un pentagrama, rodeado de llamas incandescentes.
Ash silbó ligeramente, mientras accedía a servirle un trago de verdad.
Apuesto a que es un imán para las chicas. ¿Vas por ahí mostrándoselo a todas? — La voz femenina llegó desde el otro lado de la cantina. Jensen no necesitaba alzar la mirada para saber que se trataba de Jo Harvelle. La Cazadora hija de la dueña de ese bar, de su misma edad. Muchos la subestimaban por ser mujer y su apariencia, con cabellos dorados y ondeados rodeando su rostro sonriente y apuesto. Aunque Jensen no se la tomaba a la ligera, sabía que le había dado palizas a hombres que le duplicaban la edad en más de una ocasión.  
Sólo a las que tienen ojos negros y personalidad psicópata. Son mi debilidad.— Respondió Jensen bromeando antes de voltearse hacia ella. — ¿Qué hay, Jo?
Pregunta equivocada. He estado encerrada en mi habitación leyendo estos..., no sé como llamarlos, presagios, durante días. Es sólo que no tienen ningún sentido. — Le explicó girando los ojos, para finalmente cruzar los brazos y apoyarlos sobre la barra frente a él.
Bueno..., por eso estoy aquí, ¿verdad? Para que puedas cambiar los libros por las balas de sal lo antes posible. — Le respondió logrando hacerla sonreír ligeramente. Jo era lo que se podía llamar una "Cazadora en entrenamiento", ya que en realidad, jamás había asistido a una cacería de verdad. Su padre había muerto en una, por lo que su madre le había prohibido participar en cualquier tipo de actividad que lo involucrase. Pero estaba en su sangre, según se ve, ya que insistió al punto que le permitieron realizar investigaciones. Jo pensaba que si se mostraba eficiente, algún día podría salir y seguir los pasos de su padre.
Tomaré eso como una invitación, ¿...o debería llamarlo cita? — Murmuró esto último en un tono diferente al que usaba con los demás, sorprendiendo hasta a Jensen mismo. Entreabrió sus labios, aunque no sabía que decir. Afortunadamente, Ash lo salvó.
Bien, bien, ¿qué tal si esperan a que resolvamos esto antes de buscarse una habitación? — Murmuró dando un ligero aplauso, para luego abrir un mapa de Europa frente a los tres. Jensen no le costó trabajo olvidarse por completo de la rubia para concentrarse en el trabajo, cosa que en cierto punto, hirió el orgullo de la chica.
Europa. Dicen que el clima apesta en esta época del año. ¿Qué hay allí? ¿Un yeti? — Preguntó el castaño dando un trago al whisky.
Desearía..., no sé bien aún qué es, pero han habido un total de treinta y dos desapariciones registradas en el último mes. Todas en los alrededores de Rumania, ninguna conexión entre las víctimas, ni siquiera se conocían entre sí. — Explicó el cantinero, señalando con la punta de un bolígrafo los puntos marcados.
Podrían ser demonios. ¿Alguna similitud entre ellas? ¿Algo que tuviese en común? — Preguntó Jensen, aunque fue Jo quien le respondió.
Bueno, todos eran devotos católicos, si eso te sirve de algo. Y no, descartamos que fuese posesión demoníaca cuando nos topamos con un caso de un obispo que desapareció, dentro de su propia Iglesia. — Declaró colocando su índice con la uña pintada de púrpura sobre un punto.
Terreno sagrado... Lo único que he escuchado que es capaz de hacer eso tiene garras y dientes, dudo que pudiese pasar desapercibido.
Jensen recordaba con desagrado el encuentro con el lagarto, para el que había necesitado recurrir no a uno ni a dos, sino a media docena de Cazadores para que pudiesen contenerlo.
Haré un viaje a Europa la semana que entra, investigaré el lugar. ¿Puedo? — Dijo Jensen tomando el mapa para enrollarlo rápidamente. — ¿Algo más? ¿Algún testigo, alguna pista?
En ese momento, Jo pareció ponerse impaciente. Miraba a Ash y luego a Jensen una y otra vez, como si preguntase “¿puedo decirlo yo?”. Ashe la regañó con la mirada y finalmente respondió al Cazador.
No, nada, nada en absoluto. Sólo..., no importa, es demasiado increíble para ser verdad. — Respondió bajando la mirada a la copa que estaba limpiando.
Pero la curiosidad del Cazador había sido encendida, y al no obtener respuesta del muchacho, atacó al punto más débil.
¿Jo?
La rubia abrió su boca sin saber que decir, de la misma manera que había hecho Jensen cuando le propuso una cita. Rió nerviosamente, como si se sintiese estúpida por siquiera considerar relevante un dato como el que le habían dicho.
Bueno..., hubo un testigo. El hijo de una sirvienta en Tulcea. Dijo..., dijo que vio como algo se introducía en el cuerpo de su madre. — Jensen frunció el ceño, preguntándose por qué no habían empezado por allí. Jo lanzó todo de una sola vez, hablando eufórica y rápidamente, como si tuviese miedo que alguien más le robase el mérito. — Pero aquí está lo sorprendente, no era humo negro ni tampoco sintió olor a azufre. Al contrario, dijo que vio esta... luz blanca y brillante...
Jo, detente. Estás quedando como una tonta. — Le reprimió Ash, mirando a Jensen. — El niño estaba en shock. No sabe lo que vio. No tiene sentido, lo chequeé dos veces.
El niño, ¿dijo algo más? — Inquirió el Cazador mirándola directamente a los ojos. El reflejo de sus orbes no era de estarle tomando el pelo, sino que todo lo contrario; creía cada una de las palabras que le decía. Sorprendida, sintió la confianza para decírselo.
Dijo..., que fue un ángel. — Jensen abrió los ojos de par en par, pensando que estaba bromeando, pero ella continuo. — Dijo que a su madre la poseyó un ángel del Señor.


El quejido del Cazador resonó por toda la Iglesia, mientras apretaba sus dientes para evitar soltar una grosería. Si antes sentía que su hombro estaba fuerza de lugar, ahora su expresión parecía decir que acababa de explotar. — Sí..., sí, como sea... Sólo, dame un segundo. — Hubiese matado a media docena más de demonios por una bolsa con hielo. Los cortes en su antebrazo ni siquiera merecían una mirada, desde su punto de vista. Si podía contraer el músculo, significa que tanto este como sus tendones no habían sido alcanzados. Sólo importaba que no fuese inútil de tener que defenderse, el dolor era soportable.
Cuando se alejó corriendo, no pudo evitar mirar por encima de su hombro. El rasguño sobre su espalda sí le preocupaba, irónicamente. Le preocupaban todas las heridas en su cuerpo. Jensen estaba acostumbrado, era su día a día, los gajes de su oficio. Pero ella era una muchacha normal, hasta un raspón era suficiente excusa para que una chica de su edad llorase. Valoraba su coraje, pero por cuánto tiempo más podía fingir que era fuerte. Cuanto más tomaría romper esa pared y que colapsará.
No tienes que hacer eso. — Musitó haciendo brazo a un lado cuando entendió el uso que le quería dar a la prenda. — Ni siquiera es profunda, se cerrará sola, sólo... — Sus explicaciones no sirvieron de absolutamente nada, ya que de todas maneras lo hizo. La presión sobre la herida le causo un ligero estremecimiento. — ¡Tsch! — Jensen la regañó con la mirada negando ligeramente.
Le tomó un momento alivianar su expresión, antes de dirigir una mirada al borde de su rostro. Las heridas de ambos estaban en el mismo punto, sólo que de lados opuestos.
Ven, déja que dé una mirada a eso. — Le ofreció con voz autoritaria, no dándole lugar a negarse. Se sentía incómodo al verla en ese estado deplorable por su culpa. De no haberla dejado sola, probablemente podría haber exorcizado a ese demonio antes de que se manifestase por completo, y de esta forma, ahorrarle los golpes. Le resultaba difícil no verla como débil y frágil, aún cuando ella se esforzase para demostrar su valentía y resistencia. Esto restaba mérito a la muchacha, que había tolerado bastante bien la situación.
El castaño limpió la herida con cuidado, con su mente ausente pensando en al menos una decena de planes para salir de allí; descartandolos con la misma velocidad con que los creaba. Podía intentar acceder al campanario, alzar la voz desde allí y recitar el exorcismo mediante gritos. De esta forma los demonios alrededor debería alejarse. Le daría tiempo a la muchacha de huir. O también podía llenar unos cuantos recipientes con agua bendita para escoltarla hasta un auto cercano, aunque temía que nuevamente los impactasen.
A medida que estos pensamientos cruzaban su mente, no prestó importancia cuando la muchacha le dio la espalda. Sus ojos se posaron entrecerrados y perdidos sobre las heridas en su espalda, temiendo que hubiesen sido una cortada profunda. Sin embargo, todo sus sentimientos fueron reemplazados por la sorpresa cuando vio como la prenda descendía por esos delicados y femeninos hombros.
¿¡Eh!? — Le tomó un momento recuperar la compostura, y tuvo que esquivar la mirada de la pelirosa que parecía decirle “¿sucede algo?”
Entendía que era la única manera de tratar las heridas, pero siendo honestos, la personalidad de Jensen fuera de la cacería era mucho más fácil de alterar. Y no exactamente por los mismos motivos. El Cazador intentó mostrar el mismo profesionalismo que ella, remojando los tres transversales con el alcohol improvisado de la sacristía. Llegando al borde del bracier vio lo rasgado que estaba en el borde, aunque a juzgar por la posición de las tajadas, solamente lo había dañado hasta cierto punto. Las heridas eran más superficiales que las suyas, de hecho, eran poco más profundas que un rasguño de gato. Parecían haber sido hechas por dos bestias completamente diferentes.
“Como si esa cosa se hubiese contenido con ella... ¿O quizás estaba de buen humor y yo lo enfadé?” — Llevó su índice a su mejilla, dónde el corte aún ardía. Tenía la misma naturaleza que los de la muchacha, y el de Jensen había sido un mero roce, no un golpe directo. — “No aplicó la misma fuerza que conmigo”  
Los demonios los había dejado escapar sabiendo que entraban a una trampa, siendo su objetivo indudablemente ella. Entonces, ¿por qué el asesino de turno decidió que Jensen era una mayor amenaza cuando pudo acabar con el trabajo de un golpe?
“La quieren viva. No es una misión de asesinato, es un secuestro” — Terminó de deducir, aunque esto no hacía más que poner aún más en la oscuridad la verdadera pregunta: ¿Quién era ella?
Jensen notó que había retrasado demasiado la tarea, al punto que olvidó que la muchacha no estaba de exhibicionista. Con las mejillas levemente ruborizadas, le dio a entender que había terminado. — Ne... necesitarás mejor asistencia... No tenemos suficientes vendas ahora, y además... — Tartamudeó levemente, intentando hablar para olvidarse la situación. Y sin embargo, un simple abrazo bastó para ponerlo en jaque de nuevo.
Hope no era una chica promedio que se pudiese ignorar, era todo lo contrario. Su cabello era rojo como el fuego mismo, con sombras de color cobrizo. Fluía sobre su femenina silueta para acompañar esa aura apaciguadora y pacífica, sobre su piel de porcelana.  Sus ojos, adornados por largas pestañas, eran brillantes y cálidos, reconfortantes y enternecedores. Y sin embargo, lo más único era su tonalidad; debatiéndose entre el color de la amatista, y el de las flores de carmelia. Capaces de reflejar el mundo bajo una luz diferente, como si visto a través de esas persianas todo fuese más llevadero. En conjunto definían a una bella joven que no necesitaba decir una palabra para dar fe de su alma altruista y bondadosa. La clase de chica que si llorase, todo hombre querría consolar.
Antes de darse cuenta, ella ya se había separado, y la sensación placentera del contacto se desvanecía. El Cazador recuperaba su cabeza, y la atención se desviaba de esas infantiles coletas hacia la pregunta del millón de dólares: ¿Cómo demonios saldrían de allí?
Jensen llevó su mano a su rostro soltando un suspiro, en un intento de apaciguar la jaqueca. Había planeado ocuparse de eso esa noche, pero no todo sale como queremos, ¿verdad? Ahora tenía que escoltar a una victima, y no podía permitirse que eso la pusiese en peligro. La bestia si gritaba embravecida, golpeaba desde el interior de su calavera. Jensen recordó que a estas alturas, su rostro debía estar manchado de sangre seca, y sudor. Y estando junto a la resplandeciente Hope, no deseaba tener el aspecto de acabo de salir de trabajar del matadero.
El castaño avistó los baños en un pasillo lateral, a unos metros de la estatua de San José. En el interior, lo encontró particularmente limpió para ser un baño público. Cuidando de no dañar más la bufanda, se la quitó con cuidado y la dejó en un punto dónde se mantuviese seca. Los espejos colocados frente a los lavatorios le facilitaron la tarea de quitar las manchas carmesí de su rostro. Un corte se podía apreciar debajo de sus cabellos, en el borde de su sien. Dos pequeños rasguños a la altura de su pómulo, de tres o cuatro centímetros de largo. Nada de que preocuparse.
El Cazador extrajo una especie de cantimplora metálica de su bolsillo. La misma que usaría sistemáticamente todos los meses para llenar con sangre de demonio, destino que iba a tener esa noche antes de que todo esto pasase. Estaba limpia, así que la llenó con agua del grifo. Quizás Hope tuviera sed.
De repente, su aliento se materializó frente a él en una nube blanca. Como si el ambiente se hubiese helado de repente. Signo de que un espectro estaba cerca. El Cazador tomó su bufanda rápidamente, y salió corriendo del baño. — ¡¿Hope?! — Exclamó buscándola de un lado al otro. Por un segundo se desesperó, reprimiéndose a sí mismo por qué la había dejado sola de nuevo.
Sus latidos se calmaron cuando lo escuchó llamándolo, provocando que soltase un suspiro de alivio. Jensen envolvió su cuello con la prenda, dejando como acostumbraba un final detrás y delante de sí respectivamente. A medida que pasaba por el pasillo, tomó el abrigo que había dejado olvidado, y de un movimiento rápido, lo vistió sin molestarse en abrocharlo. Tomó sus cosas y se dirigió a ella.
El Cazador esperó a que ella bajase para tomar el ladrillo que cubría la entrada, colocándolo en su lugar mientras descendía. No podía hacer nada respecto al mueble encima, pero de todas formas, no es como si fuesen a ganar demasiado tiempo. La penumbra era insoportable, obligandolo a encender el mechero que llevaba en el interior de su bolsillo.
Este tipo de pasajes son comunes de la década de los cuarenta, datan de la Segunda Guerra Mundial.— Musitó Jensen, pensando que tal vez si le hablaba, la muchacha no daría importancia a la oscuridad y lo estrecho del pasaje. — Los rumanos temían que los Aliados atacasen Bucarest, por lo que construyeron todo tipo de conexiones subterráneas para resguardar a las personas de importancia. Resultó una buena idea, ya que años más tardes la ciudad fue bombardeada durante la Operación Maremoto. — Concluyó detalladamente, ganándose una mirada de intriga por parte de la muchacha. — ¿Qué? Yo también leo. — Le respondió como si se ofendiese.
Un trecho más, y ya se encontraban por debajo de lo que parecía ser la salida. No le costó trabajo mover la baldosa que lo cubría, ya que la misma estaba intencionalmente floja. Jensen salió primero, asegurando que no hubiese nada esperándolos. Seguido extendió su mano a la muchacha, y la haló hacia la superficie. Giró con su mechero notando la serie de material funerario que había alrededor, la mayoría seguramente tuviese al menos un lustro de edad. El grito de la muchacha lo hizo sonreír levemente. — ¡Guarda silencio! Para tu información, los zombis sí existen, y no estoy de ánimos para aparecer en una película de Romero. — Aunque el comentario estaba guiado a tranquilizarla, terminó haciendo todo lo contrario. Resultó ser favorable, de cualquier forma, ya que ese particular rayo de electricidad volvió a aparecer sobre las manos de la muchacha.
Ella parecía haber querido que Jensen obviase esta habilidad desde el principio, siempre fingiendo que era algo normal. Y hasta cierto punto, le había hecho el favor, sólo porque tenían cosas más importantes que hacer. Cuando lograron ver la luz de la luna en el exterior, era momento de hablar. Jensen se cruzó de brazos frente a ella, plantándose en su lugar. — ¿Tienes algo que contarme, Statik? — Preguntó con voz seria, clavando sus irises en la de ella. Exigía explicaciones, saber con quien estaba tratando. El silencio se hizo presente, mientras la muchacha parecía negarse a responder. Entonces, cuando la calma nocturna del cementerio fue lo único que perduró, se escuchó un sonido bizarro al a distancia. Sonaba vago, lejano, como un zumbido. Jensen se volteó lentamente hacia sus espaldas. Provenía del campanario de la Iglesia Saint Michael.
Rondando el firmamento y ofuscando las estrellas, una nube negra que parecía contener rayos púrpuras en su interior se movía rodeando el edificio, como si tuviese vida propia. Eran las docenas de demonios que habían visto, todos unidos en su forma natural. Jensen agradeció haber salido de ese lugar, de estar lejos de esos seres. Y sin embargo, estos parecían haberlo visto a cuadras de distancia. Porque esa nube de humo cambio repentinamente de dirección, arremetiendo a todo prisa hacia el cementerio. El Cazador dio un paso hacia atrás, chasqueando su lengua. Los demonios en su forma natural son invencibles, imposibles de asesinar. Lo tenían. — ¡Corre, a la salida, ya! — El zumbido comenzó a aumentar su potencia, sonando cada más cerca de ellos. El Cazador se volteó un par de veces para ver a esa nube amorfa cubriendo la luz de lunar, dejando a ambos jóvenes en una penumbra como la boca de un lobo. Jensen abrazó a Hope por la espalda, y la empujó al costado, debajo del techo de un mausoleo con una arrogante estatua de un caballero encima. Cruzó un brazo por encima de su vientre y otro al nivel de sus hombros, mateniéndola tan cerca de él como podía. Rogó que no los escuchasen mientras la bruma azabache pasaba junto a ellos con un estruendo cual huracán.
Fueron sesenta segundos de oscuridad y temor, el castaño se aferraba a ella como si temiese que se la arrebatasen, que al abrir los ojos se la hubiesen llevado. Pero en un momento, la luz vaga de la luna los volvió a iluminar. Esperaron unos segundos para estar seguros antes de separarse. Jensen no dijo nada, ni siquiera retomó el tema de conversación.
A pasos agigantados, llegó al portón que marcaba la salida del cementerio. Tiro de los barrotes, pero el mismo no parecía querer ceder. Molesto, disparó a la cerradura y pateó los barrotes un par de veces hasta que cedió. Siguió caminando hacia afuera, deteniéndose sólo cuando no supo a dónde más ir. — Muy bien, chica electricidad. Comienza a hablar. — Le exigió volteándose hacia ella, con un tono de voz molesto y rudo. Reprimió con la mirada a esas irises magenta, aunque no podía evitar alivianar su enojo al contemplarla. El frío nocturno había incrementado visiblemente, al punto que se podía ver el respirar de uno en cada suspiro. El castaño intentó permanecer firme en su posición, pero falló al verla temblar ligeramente.
Soltó un suspiro cerrando sus ojos y desabrochó el montgomery, tomándolo en su mano. — Hazlo mientras nos movemos. — Murmuró en una voz más cálida, colocándose a sus espaldas. Dejó descansar el grueso y pesado abrigo sobre esos delicados hombros, abrochando el primer botón un tanto por debajo del cuello para que no se le cayese. — Si te quedas quieta, te congelarás. — Justificó posando por un instante sus manos sobre sus hombros, soltándola para dar continuar la desventura de esa larga, y agotadora noche.


Última edición por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 10:13 am, editado 1 vez
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Hope Everdeen el Sáb Ene 04, 2014 11:24 pm

Esa pregunta. Esa maldita pregunta que Hope había tratado de esquivar desde su atípico encuentro en las calles de Bucarest. Se mordió el labio con nerviosismo mientras retrocedía unos pasos, a su frente estaba el castaño con los brazos cruzados. El resplandor blanquecino de la Luna caía sobre su rostro, dándole un aspecto pálido a su ya tez clara. La luz definía aún más los ángulos de su cara, sumado a los cortes que tenía y que de por sí no estaba en su mejor momento, lo hacía tener una apariencia enfermiza que a Hope le preocupaba. Pero lo que más le asustaba era la determinación en sus grandes ojos, ese tono avellana que se mezclaba con la gama de los rojos, fundiéndose en un color imposible de definir, uno que variaba de acuerdo a la luz que recibiese. Eran sumamente expresivos, pensó Hope. Podía ver claramente la firmeza y la curiosidad en ellos, una combinación que le daba a entender que no la dejaría escapar sin una respuesta a cambio que lo conformase.

Hope trataba de pensar en una forma de salir airosa de ese cuestionamiento, pero en su mente no podía encontrar ninguna respuesta convincente. Estaba nerviosa, hecho recurrente cada vez que trataban de indagar sobre ella como ahora lo hacía el Cazador y eso no ayudaba a que pudiera pensar con claridad. Tardó un par de minutos donde sólo hubo un silencio sepulcral entre ambos. Aún con la espera el castaño no parecía ceder en lo absoluto, cuando Hope estuvo a punto de resignarse y contar lo poco que sabía, un sonido estruendoso interrumpió la tétrica calma del ambiente. Parecía el ruido de una turbina, de cientos de alas rompiendo el aire con fuerza acompañado de un molesto zumbido. La luz había desaparecido y Hope apenas pudo ver esa amorfa mancha negra que desprendía relámpagos en lo alto del cielo cuando el grito del castaño le impulsó a correr.

Hope ya había perdido la cuenta de cuántas veces había corrido durante esa noche llena de infortunios, pero después de todo lo que había pasado su cuerpo se impulsaba sólo, desesperado por terminar de una vez. El cementerio había sucumbido ante las más profundas tinieblas y avanzaba sin saber hacia dónde iba. Como en las anteriores situaciones, la bufanda roja era su guía. Ondeaba a cada paso rápido del muchacho, cuando de repente éste se detuvo. Hope tomó entonces la delantera durante unos cortos segundos, ya que rápidamente el castaño la había agarrado por detrás. La sostenía con más fuerza de lo usual, razón que la desconcertó un poco pero mantuvo silencio. Contuvo la respiración, deseando con fuerza que los demonios no pudieran escuchar sus latidos desenfrenados a causa del terror. Ella tenía la molesta sensación de que eran un fuerte martilleo que podía oírse a kilómetros de distancia y los delataría.

El tiempo transcurrió tortuosamente lento, pero el perturbador zumbido fue haciéndose cada vez más lejano y Hope de a poco comenzaba a recobrar la calma. La luz los abrazó de nuevo y ella lo sintió como un regalo de salvación. El silencio se interpuso entre ellos mientras avanzaba por los extensos caminos del cementerio. El castaño iba con rapidez y la pelirroja prácticamente tuvo que trotar para seguirle el paso, no se animó a hablarle, no quería despertar aún más la molestia que presentaban esos irises.

Un disparo cortó el silencio. Hope lo siguió sin decir nada, aún con el temor creciente que de pronto los encontrarían toda esa manada de demonios en lo que sería su incipiente final. Fuera del cementerio los recibió un intenso frío, el viento soplaba a su alrededor trayendo consigo aquel fresco que le causaba escalofríos.
Hope tenía esperanzas de que el Cazador hubiera olvidado su pregunta con la intromisión de los demonios, pero ni bien pusieron un pie fuera del cementerio lo primero que hizo fue retomar con aquella charla pendiente. La pelirroja hizo una mueca, aún reacia a contar la verdad. Sus magentas le observaron con la súplica impresa en ellos. Claramente decían: “Por favor, no quiero hablar”, pero el cazador no dio el brazo a torcer, aunque suavizó su expresión severa. Otra fría correntada de vientos se interpuso entre ellos e inevitablemente Hope tembló, arrepintiéndose de no haberse abrigado más cuando salió de su casa.

Gracias – susurró cuando él le dio su montgomery. El abrigo era pesado y cálido además de que le quedaba considerablemente grande, cayendo hasta sus rodillas. Tuvo que arremangarse en varias vueltas las mangas para tener las manos descubiertas: uno nunca sabía cuando debía hacer uso de la electricidad de nuevo –. Mi casa no queda muy lejos de aquí, si tenemos suerte llegaremos sin...ninguna visita inesperada.

La puerta del cementerio por la cual salieron daba a la zona de los suburbios. Las casas estaban ya iluminadas, podía verse detrás de las cortinas el reflejo de personas que continuaban con sus rutinas, ignorantes a los peligros que se desataban fuera. La casa del Sr. Everdeen quedaba aproximadamente a unas diez cuadras del cementerio, tiempo suficiente para que pudiera hacerle cualquier tipo de pregunta. No era un camino muy rebuscado: sólo debían seguir derecho cuatro cuadras y luego doblar por la izquierda para completar las restantes.

Comenzaron así el recorrido en silencio. El cazador tenía su mirada fija en ella, una que esperaba que le diera respuestas que Hope no tenía. A ella nunca le había agradado que la observaran por tanto tiempo, contrario a muchas personas que había conocido, la pelirroja prefería cientos de veces pasar inadvertida, camuflarse entre el gentío en la seguridad de ser invisible. Odiaba hablar de sí misma, esquivaba ser el centro de atención y mucho más de conversación, le resultaba complicado tener que decir por primera vez todo lo que había guardado celosamente desde que despertó. Pero no tenía otra alternativa, él no pensaba dar marcha atrás y después de todo lo que habían pasado, se había ganado el derecho a saber. Se consolaba pensando que quizás, con sus conocimientos de cazador, sabría algo que pudiera ayudarla a armar el rompecabezas. Era pretencioso, mucho más considerando todo lo que había hecho por ella pero encontrar sus recuerdos era lo que más deseaba, se acostaba todas las noches esperando que al otro día fuera el bendito día que pudiera saber quién y qué era.

No sé qué soy – contestó finalmente con un suspiro. No podía usar el término quién, no considerando que sus poderes no correspondían a un humano común y corriente, tranquilamente podía ser cualquier otra criatura que vagaba por este mundo. Sus palabras fueron lo único que sonó en ese lugar, era tarde ya para andar deambulando por las calles, mucho más de los suburbios –. Desperté en Julio de un coma que duró dos meses, al parecer me había atacado una criatura sobrenatural – alzó los hombros sin atreverse a verlo –. No sé nada de qué me pasó. Supuestamente me encontraron cerca del cadáver de una anciana que asumen que es mi abuela. Me mostraron una foto de ella pero cuando la vi no sentí nada, no parecía que fuera alguien cercana a mí. Tenemos que doblar a la izquierda –. le indicó cuando llegaron a la cuarta cuadra –. No tenía identificación y desde que desperté no he visto a ningún familiar visitándome o buscándome. Los médicos querían saber de mí, se llevaron una gran decepción cuando se enteraron que no recuerdo absolutamente nada de mi vida. Me diagnosticaron amnesia por trauma y déjame decirte que he hecho varios tratamientos y aún no avancé nada – hizo una mueca mientras miraba a sus alrededores, aún no podía quitarse la sensación de paranoia que había surgido con los demonios, temía que de repente reapareciaran de la oscuridad queriendo matarlos –. Cuando desperté me di cuenta que no tenía poderes normales para un humano: de repente podía ver una especie de luz rodeando a las personas y números de color naranja flotando sobre su cabeza, más tarde me di cuenta que se trataba de el aura y la línea de vida de cada uno. Pocos días después empecé a ver personas que aparecían de repente, traspasaban paredes, vidrios, lo que sea. La mayoría de ellas simplemente me observaban, otras me hablaban y algunas, aprovechando que notaba su presencia, me asustaban. Gracias a los fantasmas me di cuenta que podía usar la electricidad, aparece de repente cuando mis emociones se alteran, ya lo has visto, no es precisamente algo que lo pueda manipular. ¿Entiendes? – lo observó de reojo, viendo en aquellas orbes esa misma deducción que trataba de hacerle llegar –. No tengo ni idea de porqué estos demonios me persiguen, no sé qué soy ni de donde obtengo estos poderes, ni siquiera recuerdo mi nombre: me llamo Hope porque así me bautizó el Sr. Everdeen, el médico que me atendió y me adoptó. Y eso es todo lo que puedo decirte, ¿ahora podrías dejar de verme así? – confesó con un tono rosado cubriendo sus mejillas –. Me pone nerviosa.

Hope no acotó más palabras mientras escuchaba con atención todo lo que el Cazador tenía para decirle. Se veía por su modo de caminar que seguía alerta, dispuesto a atacar a cualquier demonio que decidiese hacer acto de presencia. De todas formas su recorrido por las calles seguía transcurriendo con una inusitada en calma, no era de sorprenderse considerando ya todo lo que habían pasado: en algún momento debían acabarse las desgracias. Aunque para ser sincera consigo misma, Hope nunca se había destacado por su suerte y sospechaba que el castaño tampoco.

Como suponía, las palabras del Cazador no eran para nada alentadoras pero prefería su sinceridad antes que la mirada de lástima que cualquiera que conociera su historia pondría. Había visto esa expresión con anterioridad en las enfermeras e incluso en sus propios padres: no hacía más que hacerla sentir más al fondo del abismo. Agradeció que el joven a su lado no hiciera eso, probablemente estaba acostumbrado a escuchar e incluso vivir muchísimas desgracias peores, la suya sólo sumaría una más del montón y eso le aliviaba, por más egoísta que sonase.

Comenzó a sentir la incomodidad en su espalda mientras avanzaban, ralentizándola y provocando que él se adelantara. Los hilos que unían su brasier finalmente cedieron, rompiéndose definitivamente en dos partes que no paraban de balancearse con su andar, rozando con las heridas en su espalda.

Espera…un segundo – suplicó apenada. Abrió el tapado y desabrochó unos cuantos botones para sacar los brazos de las mangas, al ver su expresión desconcertada lanzó un pequeño grito –. ¡No tienes que mirar! – se quejó abochornada dándole la espalda. Aún vestida, rápidamente tomó las dos partes de su destruido brasier lanzándolo a un costado. Se acomodó las ropas y se giró dando grandes zancadas sin siquiera dirigirle una mirada. El resto del trayecto consistió en prácticamente correr hasta llegar finalmente a su destino: una típica casa americana de ensueño de los suburbios digna de una clase media bien acomodada. Siendo fiel a sus orígenes, la construcción de dos pisos estaba íntegramente revestida en madera de tono gris pálido que combinaba con los marcos de las ventanas y las columnas que sostenían el porche. En el techo de tejas a dos aguas, de una gama más oscura los grises, podía verse la forma de la amplia azotea, los ventanales que la cubrían como también los paneles de vidrios que permitían el ingreso de luz había en su respectivo tejado. A un costado estaba el garaje cuyo diseño hacía juego con el resto de la construcción. Presentaba un amplio jardín con pasto recién cortado y varios canteros de flores: la Sra. Everdeen solía darle una mano, decía que así perduraba aún más el trabajo del jardinero y podían llamarlo menos veces al mes –. Esta es mi casa, la 402 de Avey Street – señaló Hope mientras corría emocionada por el sendero de cemento. Agradeció que su falda tenía ciertos detalles fuera de lo común como bolsillos con cierre, gracias a ello pudo mantener con ella su teléfono y las llaves de la casa. Ni bien entraron los recibió un amplio pasillo de piso flotante cuyo arco daba directamente al living: un lugar moderno de tonos marrones y cremas, con varios portarretratos colgados en sus paredes beige que mostraban en su gran mayoría a una alegre pareja en distintas partes del mundo y un enorme cuadro de cerámica, de estilo africano, con el dibujo de un elefante. Los sillones blancos se apilaban alrededor de una mesa negra que daba de frente a un mueble caoba sobre el cual destacaba un televisor de pantalla plana y la consola de videojuegos –. Hogar dulce ho…

De repente el Cazador comenzó a correr subiendo las escaleras, sacando su daga. Ella se sobresaltó siguiéndolo, agradeciendo a todos los santos que sus padres se hubieran ido de vacaciones. Se sorprendió al ver que se dirigían a su cuarto, pero mucho más cuando llegaron a éste: estaba parecía como si hubieran hecho una redada en él. Los cajones estaban en el suelo al igual que su armario, con las puertas abiertas y la ropa desparramada a los alrededores, mezclada con trozos de vidrio, restos de papeles, bijouteri, peluches y su cuaderno de dibujo. El techo, con sus enormes paneles que permitían ver el cielo, esa bóveda oscura pincelada por estrellas brillantes, estaba completamente destrozado.

¿Qué pasó? – susurró desconcertada. Se acercó a donde había más desorden revisando lo que había allí. Su cuaderno de dibujos estaba intacto a un costado y suspiró aliviada por ello, tomándolo posesivamente como si fuera su mayor tesoro. Rápidamente se dio cuenta que no sólo habían hecho un caos en su habitación sino también que le habían robado –. Gracias a Dios que mis padres están de viaje, fueron demonios, ¿verdad? Falta ropa mía además – informó.

¿Por qué se habían llevado su ropa? ¿Qué tenía de especial? No se trataba de meros ladrones, de lo contrario habrían tomado posesiones de mayor interés que había en otras habitaciones. Después de todo lo que había pasado, no era sorprendente pensar que se trataba de demonios. ¿Por qué no los habían esperado para atacarlos? ¿Por qué se llevaron solamente prendas suyas? Y entonces la realidad le dio de lleno: querían su rastro. Probablemente habrían entrado allí para atacarla y al no verla se conformaron con quitarle sus pertenencias, no cualquiera, sino algo que usara con frecuencia, que tuviera su aroma impregnado en ella.

Las piezas encajaron en una sola: el porqué el demonio que poseyó al padre Zacharias no la había asesinado de un golpe letal, la persecución de todos esos demonios, el robo de su ropa. No querían matarla así sin más, no había sido tampoco un simple capricho del día, unos cuantos demonios que sólo querían divertirse matándola: era algo más siniestro y aterrador.

Se mordió el labio con fuerza, tanto que comenzó a sangrar. Las desgracias de ese terrible día no habían acabado: sólo comenzaban.

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Hope Everdeen

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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Jue Ene 09, 2014 10:20 pm



Savin' me



No sé qué soy. No sé qué soy. No sé qué soy. Esa frase, esas cuatro palabras, esas cuatro sílabas, provocaron un vuelco en él. Reconocía la sensación que le producía a la perfección, aquel era el cianuro de los Cazadores, lo que les hacía perder el juicio, la paciencia, y en la mayoría de las veces, la vida.
Miedo. Pero no el que acostumbraba, este era diferente. La adrenalina de un combate, la expectativa de la emboscada, el temor a la muerte; no podía relacionarse a ninguno de los anteriores. ¿Entonces qué era?
Lo único que había cambiado ahora, era el hecho de que ya no estaba seguro de si quien caminaba a su lado era humana o no. Y en caso de que no lo fuese, lo único que tendría que hacer sería cazarla.
La presión en el pecho le provocó saltarse una respiración. Con sólo pensar en esa posibilidad, su cuerpo entero parecía estremecerse, las heridas que antes ignoraba ahora ardían como si les hubiese rociado con agua salada. ¿Era eso? ¿La idea de tener que matarla le provocaba esa desolación? No lo comprendía. Apenas la conocía, no debería ser un problema para él tener que lidiar con la situación.
Inadvertidamente, sus ojos se habían perdido en la figura de su perfil mientras relataba detalladamente sus vivencias, esos escasos recuerdos que para ella significan todo lo que tenía en este mundo. No podía quitarle los ojos de encima, intrigado por ese encantador aura que parecía callar sus dudas, apaciguar sus incertidumbres. Y al mismo tiempo, causarle ese miedo sin sentido cuando imaginaba su cuchillo rozando la piel de porcelana de la muchacha. Nauseas, mareos. Como si la escena lo enfermase, como si se viese incapaz de hacerlo.
Hmh... — Soltó cuando se quejó por tan extendida contemplación. Tocio levemente para aclarar su voz, antes de continuar. — Si los demonios te están buscando tan... intensivamente, no puedes ser tan mala. Debes haber hecho enfadar a un pez gordo escaleras abajo, es mi mejor teoría. La pregunta que me hago ahora es qué y cómo lo hiciste. — Murmuró más para sí mismo que para ella. — Debes poder hacer algo más que ver gente muerta y  quemar unas cuantas bombillas, algo como no sé, lanzar un rayo, o convocar fantasmas, o... ¿Hope? — Sus divagaciones terminaron cuando notó que sus vocablos tenían como único oyente a los solitarios grillos nocturnos. Volteándose, encontró a Hope parada varios metros por detrás de él.
Parecía estar luchando con los botones del abrigo, causando que el confundido Cazador ladease su cabeza a un lado con los ojos ligeramente entrecerrados.
¿Qué estás haciendo? — Exclamó en voz alta, sobresaltándola como si hubiese olvidado su presencia. Lo espetó antes de voltearse, solamente logrando confundirlo aún más.
No le hizo caso, de cualquier forma, observando como arrojaba algo a un costado antes de retomar la marcha, golpeándole el antebrazo mientras pasaba. La imagen fugaz del bracier cruzó su mente, provocándole un leve sonrojo nuevamente, al mismo tiempo que alejaba sus preocupaciones con un leve y callada risa.
El hogar de Hope lucía casi exactamente como lo había imaginado, un acogedora casa en los suburbios, de aquellas que los agentes de bienes raíces presentan como de ensueño, con vecinos encantadores y un vecindario que los niños amarían. Dónde todos los hombres salen por la mañana a podar el césped y saludarse alegremente, planeando con anticipación la barbacoa del mes siguiente, y hablar sobre el divorcio de los Parker y el embarazo de la hija de los Stuart. Grupos de lectura, casas del árbol, bicicletas ruidosas con tarjetas rozando sus ruedas, perros de nombre Spike y abuelas entrometidas. En su tierra natal, se lo llamaría el sueño americano.
No tenía sentido, no encajaba que alguien como ella estuviese metida en esa situación. Le daba la sensación de que, fuese cual fuese el pasado de la muchacha, estaba lejos de allí. Apenas se hubiese abierto la puerta, la ola de calor hogareño y aroma a muebles de roble acaricio su rostro. Y en medio de ella, percibió un aroma familiar. Sulfuro.
Olvidando las formalidades, empuñó el cuchillo y siguió la estela escaleras arriba. Necesitaba respuestas, y no las obtendría de Hope. Bien podría arrancarle las respuestas a lo que la estaba cazando. Llegó a la habitación en cuestión de segundos, su bufanda ondeando detrás de él siguiendo sus movimientos.
Jensen se detuvo en el umbral de la puerta, examinando con la mirada el lugar. El aroma impregnaba todo el lugar, y escapaba hacia el oscuro firmamento. El lugar se sentía más frío que el resto de la casa, combinándose con la escena para crear una atmósfera de intranquilidad y preocupación. El Cazador se agachó levemente, tomando entre sus yemas una suerte de polvo grisáceo. No necesitaba acercarlo a su rostro para sentir que era sulfuro, lo que significaba que habían estado allí no hace mucho tiempo.
Tu aroma. — Anunció alzándose de su lugar. — Pretenden encontrarte siguiendo tu rastro. Lo bueno es que como esta es tu casa, la obviaran en el rastrillaje. — Murmuró tranquilamente.
El Cazador se volteó hacia la muchacha, contemplando la mezcla de sentimientos negativos que se expresaban en su rostro.
Jensen se detuvo frente a ella, aunque a su parecer, estaba tan pérdida en su calvario mental que ni siquiera notaba su presencia. El muchacho soltó un suspiro, y con un movimiento letárgico, tomó su rostro ejerciendo presión sobre las comisuras de sus labios. Esto la obligó a volver en sí, encontrándose con la mirada de reprimenda del Cazador.
Deja eso. — Le ordenó en un tono bajo e imperativo. — Lo último que necesito, es que te hagas más daño. — Exclamó con sus irises brillando de un tono más carmesí del normal.
Ella podía verlo a través de ese par de ventanas a su interior, podía ver que Jensen estaba cansado y desconcertado, al igual que ella. Pero la determinación y fortaleza de ese muchacho parecían inalterables, parecían siempre estar presentes. La misma mirada que había conservado en el parque, en la Iglesia, en el cementerio. No importaba el lugar ni la situación, jamás desaparecía, como si tuviese todo bajo control y supiese que hacer para mantenerla segura. Daba la sensación de que mientras el Cazador tuviese por objetivo protegerla, ningún demonio en la faz de la Tierra lograría dar con ella.
Ya estuvieron aquí, no buscarán en el mismo lugar dos veces, ¿entiendes? — Murmuró alzando ligeramente sus cejas, leyendo los temores y apagandolos uno por uno. — Mientras no te muevas, irán a ciegas por toda la ciudad. Para cuando se les ocurra revisar este sitio de nuevo, ya nos habremos ido. ¿Entiendes? Estamos ubicados en su punto ciego. — Le explicó en un tono de voz más amable y simpático que el que acostumbraba a usar, logrando sonar muy diferente a un joven de su edad, con una capacidad notable para trasmitir confianza y seguridad con las palabras exactas. Acariciando con cuidando su labio inferior, removiendo la mancha carmesí sobre ellos, musitó. — Estás a salvo.


El Cazador inspeccionó el lugar antes de permitirle a Hope moverse de su habitación, encontrando la puerta que daba de cara al patio abierta. Sobre el pasto distinguió tres pares de huellas, que se separaban hacía el sur, el este y el oeste. Iban a revisar el perímetro del vecindario, y desde allí, toda la zona residencial. Jensen sonrió levemente pensando en el tiempo que estarían persiguiendo su propia cola. Sobre el pasto, encontró una prenda de Hope, una media rosada.
Recuperando parte del botín saqueado, regresó a dónde había dejado a la pelirroja, arrojándole la prenda sobre su regazo.
Los demonios fueron en todas direcciones, tomando este como punto de partida. Volverán aquí cuando acaben de revisar los lagos, parques, hoteles, residencias, y los doscientos treinta kilómetros de diámetro de la ciudad. — Anunció con voz altiva y casi divertida, como si decirlo fuese música para sus oídos. — Lo que nos da unas cuantas horas para pensar nuestro próximo movimiento. Bueno, para que yo lo piense, tú deberías cambiarte y dormir un poco. — Previniendo cualquier acción rebelde por parte de la muchacha, Jensen extendió su palma frente a ella, en un gesto de que se detuviera. — Y por “deberías”, quiero decir, “vas a” — Ordenó con voz imperativa y clara.
Jensen no tenía dudas de que Hope era una chica muy capaz, inteligente, fuerte y tenaz. Sin embargo, seguía siendo una chica de dieciséis años, el único motivo por el cual podía mantenerse de pie, era gracias a los analgésicos naturales de su organismo.
Nos iremos de aquí al amanecer, tengo que buscar unas cosas. Si no descansas ahora, no podrás en todo el día. Estarás de malhumor, irritable, fatigada, volverás mi trabajo más difícil. Y de esa forma, también me agotaré más rápido. ¿Entiendes? — Explicó fácil y sútilmente que se convertiría en una carga para él, por lo que de mala gana, logró que aceptase.
Bien. Ahora quítate la camisa. — Murmuró mientras salía al pasillo, deteniéndose a aclarar sus intenciones. — Necesito tratar esa herida en tu espalda, el vino añejo no es el mejor desinfectante del mundo.
Esta vez le resultó más fácil obviar la semi-desnudez de la pelirroja, en cuestión de minuto había cubierto los rasguños con gasas estériles. Hope se ofreció a vendarle su brazo, pero Jensen se negó, reiterándole que debía descansar. Estaba siendo más rudo y frío que de costumbre, en un gran contraste con la calidez que había usado para calmarla. Resultaba irritante para muchos, la facilidad con la que podía cambiar su humor para lidiar con la situación, como si ninguna de las facetas que usaba fuese la verdadera.
Tras desearle buenas noches, desapareció por las escaleras, y comenzó el trabajo de resguardar el lugar. Encontró dos paquetes de sal en la alacena, y procedió a esparcirlos frente a los marcos de las ventanas y los umbrales de las puertas que daban al exterior. Por si acaso, dibujó una Trampa del Diablo bajo la alfombra valiéndose de un marcador negro. Si un demonio tenía la mala suerte de pasar por encima, quedaría inutilizado y atrapado.
Terminado el trabajo, pensó en qué más hacer para mantenerse ocupado, pero no se le ocurría nada. Jensen era bueno para el trabajo, no para divertirse. Inevitablemente, sentado en el sillón con sus brazos extendidos al costado, su cabeza se reclinó hacia atrás cerrando sus ojos. Podía descansar un minuto.
¿O no? Un sonido similar a un aleteo de paloma llegó a sus oídos. El Cazador, que aún cuando descansaba no bajaba la guardia, empuñó rápidamente su pistola. Se levantó cuidadosamente de su lugar, buscando el origen del ruido.
¿Hope? — Exclamó escaleras arriba, mas no obtuvo respuesta.
Por el rabillo del ojo, vislumbró una sombra, y con la reacción de un depredador, se volteó con el cañón en alto. Había alguien allí, en la oscura cocina. Estaba mirándolo desde la oscuridad, iluminado tan sólo por la luz de luna. Sus manos estaban de cara a la mesada, completamente relajado.
¿Quién eres? ¿Cómo entraste aquí? — Inquirió el castaño, acercándose a pasos lentos, dedo en el gatillo. — ¡Responde! — Ordenó con su voz resonando por la casa.
De todas formas, el sujeto no respondió. Parecía tener alrededor de treinta años, sus cabellos eran de un oscuro rubio ceniza. Conforme más se acostumbraban sus ojos a la penumbra, distinguió que estaba vestido con una gabardina, bajo la cual se entreveía la corbata de un traje negro. La prolijidad de su apariencia se veía arruinada por una barba de dos días, alrededor de unos labios finos formando una perfecta línea.
Cuando estos finalmente se abrieron, una voz firme y rasgada le llegó a sus oídos.
No necesitas eso. Estoy aquí para ayudarte. — Murmuró refiriéndose al arma, cuyo hoyo negro estaba a menos de dos metro de su sien.
Jensen quitó el seguro, casi como una amenaza.
Responde. O meteré una bala en tu cráneo antes de que puedas llamar a tus amigos. — Exclamó en una voz baja y un tinte sanguinario. — ¡AHORA!
Gritó al extraño, pero este tan sólo frunció el ceño. No como si estuviese enojado, sino extrañado.
¿Por qué harías eso? Oraste por ayuda en esa Iglesia, tus plegarias fueron escuchadas. — Dijo el sujeto moviéndose de su posición, queriéndose acercar al Cazador.
Éste, honrando su palabra, apretó el gatillo. El sonido del disparo resonó la casa, el efecto del retroceso le recorrió el cuerpo, el chispazo lo cegó por un segundo. Pero al instante siguiente, el arma había desaparecido de sus manos. Jensen miró sus palmas confundido, antes de alzar la mirada al ser con el que se enfrentaba. Jamás había cazado nada como eso.
¿Quién eres? — Pregunto en una voz más cautelosa, pero igual de firme.
Mi nombre es Izrael. — Se presentó el hombre cordialmente. — Soy un ángel del Señor
Para este entonces, Jensen ya había llevado su mano a sus espaldas para empuñar la daga para demonios. Y con una sonrisa soberbia, respondió.
Sí, claro. — Con una velocidad propia de un depredador, enterró el cuchillo diagonalmente sobre su pecho, a través de sus ropas hasta el corazón.
El contrario suspiró ligeramente, bajando la mirada al cuchillo. Lo tomó por el mango, y lo extrajo como si no fuese nada. No había sangre en él.
Tenemos que hablar, Jensen. — Exclamó dejando caer la hoja al suelo. Sin embargo, esta jamás llego, sino que desapareció a mitad de camino.
Jensen tragó saliva nervioso, haciéndose a un lado para dejar pasar a ese ser, fuese lo que fuese. Dio varios pasos antes de detenerse de espaldas al Cazador. Su corazón dio un vuelco con esta sencilla acción. Hope debía haber escuchado el disparo, si bajaba por las escaleras, la encontraría. Limitándose a ganar tiempo, el castaño se dispuso a desenvainar su Scramasax.
La plata tampoco funcionará, porque yo no soy algo que los humanos puedan matar. — Anunció Izrael, como si lo viese aún sin necesidad de mirarlo.
Por supuesto, porque eres un “angel del Señor”, ¿verdad? — Respondió Jensen, su voz completamente teñida de desprecio.
El tan-llamado ángel se volteó hacia él, con la misma expresión vacía del comienzo. Lo observó unos cuantos segundos en silencio, sin hacer nada. Aún así, Jensen sentía como la atmósfera cambiaba. Podía escuchar como afuera empezaba a llover, podía ver como los relámpagos iluminaban la habitación fugazmente.
Este es tu problema, Jensen. — Le dijo al mismo tiempo que cerraba sus puños. — No tienes fe.
¿Iba a pelear con él? ¿Lo mataría? ¿También iba por Hope? El Cazador se preguntaba todo esto mientras pensaba que hacer, cómo salir de esa. Le tomó unos segundos darse cuenta de que, a la luz de los relámpagos, una sombra que no pertenecía a él se dibujaba a espaldas de ese sujeto. A ambos lados. No provenía de ningún objeto, era una postimágen imposible e inverosimil. Continuaba alzándose y creciendo, extendiéndose y ganando forma.
Aparecían tan sólo cuando los relámpagos delataban su silueta.
Alas. Las alas de un ángel.
Al cabo de unos segundos, el espectáculo acabó, y el ángel regresó todo a la normalidad. Estaba frente a un confundido y perdido Jensen, que no sabía que hacer ni decir en ese momento.
Luces desorientado. ¿Acaso no era esto lo que querías? — Preguntó Izrael con vocablos claros y armoniosos.
No puedes esperar que yo..., que crea que un ángel... — Buscaba y buscaba las palabras, pero le era imposible formar una oración. Sólo sabía que ya no tenía control de la situación, y eso lo atemorizaba. — ¡¿Por qué un ángel aparecería aquí, y ahora?!
Finalmente, su mayor incertidumbre escapó de sus labios. E Izrael parecía haberlo estado esperando,
Porque Dios así lo ordenó. — Respondió balanceando su cabeza con cada palabra, asegurándose de que entendiese antes de continuar. — Porque tenemos trabajo para ti
Y dicho, dejó en el aire un intérvalo de silencio antes de que el Cazador se atreviese a preguntar.
¿Qué clase de trabajo?
El ángel lo miró sin responder, y se giró hacia la habitación. Jensen iba a detenerlo, pero dedujo que sólo lograría perder su sable también. ¿Por qué Hope no había bajado aún? ¿Estaba escondida? Si así era, tenía que sacarla de allí, rápido.
Ella está arriba durmiendo, ¿no? — Preguntó Izrael, sin esperar respuesta, con su mirada en alto hacia el final de las escaleras. — Es conveniente. Así te será más fácil
Jensen pensó en remarcar el hecho de que era imposible que con tantos estruendos no hubiese despertado, pero cada palabra de ese ser planteaba más preguntas de las que respondía.
¿Más fácil qué? ¿Qué quieres que haga? ¿Que la saque de aquí? — Dejándose llevar por toda la actuación de ángel guardia, cometió el ingenuo error de pensar que estaba allí para ayudarlos.
Izrael se volteó hacia él una vez más, con sus irises frías y carentes de sentimiento.
No. — Podía verlo en sus ojos, podía verlo bajo esa luz. Estaban vacíos, no había luz en ellos. Eran tan gélidos que ni siquiera se lo podía confundir con un humano. — Debe morir. Debes matarla. Es una amenaza para todos.
El Cazador puso todos sus sentidos en alerta. No era un aliado, era un enemigo; tan sólo era un rufián más con alas en vez de cuernos. Y sin embargo, algo no cuadraba en sus palabras.
¿Quieres decir que algo como tú no tiene lo que se necesita para hacerlo? ¿Necesitas mi ayuda para asesinar a una pobre chica? — Exclamó el Cazador, con su tono ganando potencia conforme avanzaba la frase.
Izrael suspiró, esta vez con pesar. Y alzó su mirada al techo. Jensen lo siguió poco después. No veía nada extraño en el techo, nada fuera de lo usual. Entonces algo se ilumino, formas y siluetas similares a carácteres. Al parecer, Izrael los había revelado para él.
Esta casa está protegida. Ningún ángel puede alcanzarla sin tomar medidas... drásticas. Por eso necesitamos tu ayuda. — Dijo el ángel volviendo a cruzar miradas con el castaño. — Ella no es lo que crees, tampoco lo que dice ser. Te está usando, y cuando ya no le sirvas, te eliminará.
Sonaba ridículo, casi le enfurecía que quisiera hacerle daño. No veía las cosas de manera racional como solía hacerlo, se negaba por completo a esa idea. Él estaba allí para protegerla. Lo que no evitó que pidiese explicaciones.
¿En qué sentido es peligrosa? No moveré un dedo hasta que no me expliques todo, con detalles y pruebas.
No necesitas saberlo, se te ha dado una orden que proviene del Cielo. — Impuso el ángel, logrando hacer enfadar al Cazador. — Así que obedece
Tenía muchas dudas en cuanto a la naturaleza de la muchacha, en cuanto a qué era, de qué era capaz. Pero no se dejaría llevar por las palabras de un idiota en gabardina. Menos aún de uno tan arrogante y prepotente.
No mataré a Hope. Y no dejaré que nadie lo haga. Consíganse a otro, y adviértanle que lo estaré esperando. — No sabía de dónde surgía la confianza, pero el temor se había desvanecido. Estaba determinado a protegerla, a ella.
Izrael, por primera vez, mostró enojo en su mirada. Su ceño se frunció, y se acercó a él soltando aire de sus fosas.
¿Crees que puedes elegir? — Murmuró con los dientes apretados detrás de sus labios. — ¿Tú, muchacho, crees saber que es mejor, que mi Santo Padre? — Soltó el ángel.
Jensen tragó saliva, intentando mantener la mirada, a esos tenebrosos y vacíos ojos.
Sé que esa chica no me ha dado motivos para matarla. No soy un perro de ataque, no haré algo tan sólo porque un... ángel, así lo quiere.
Izrael se quedó callados unos segundos, como si hubiese escuchado algo ofensivo e imperdonable. Gradualmente, se alejó del Cazador, comenazando a dar pasos de vuelta a la cocina. Dándole la espalda, soltó una amenaza.
No quiero tener que eliminarte también, Jensen. Se me pidió que no lo hiciera. Por eso estoy aquí. — Explicó haciendo una pequeña pausa. — Por eso te demostraré que estoy de tu lado. Y sé que cooperarás.
El muchacho podía ver a través de esas palabras, trataba de hacerlo a un lado, de que le dejase la vía libre para ir tras Hope. No se lo permitiría, no dejaría que le hiciese daño.
Si tocas un sólo cabello en su cabeza, te aseguro que te cazaré, y te mataré. No me importa que clase de monstruo seas.
Izrael no prestó atención ni a las ofensas, ni a las amenazas, simplemente se volteó, y lo miró. Con esos ojos de ventisca.
No. Harás como se te ha ordenado... — El Cazador sintió como la atmósfera cambiaba de nuevo, se apresuró a desenvainar su sable hacia el ángel. No dejaría que subiese esas escaleras. No dejaría que llegase a ella. — O perecerás.
Y con esas palabras, Jensen despertó.


Sobresaltado,  exclamó el nombre de la muchacha. Vio que su pistola aún estaba empuñada en su mano. Todo había sido una pesadilla... ¿o no?
Pasó sus manos por su rostro en un suspiro, se sentía más cansado que cuando se durmió. Entonces algo le extrañó. No podía palpar el rasguño en su mejilla. Se levantó para dirigirse rápidamente a un espejo, y en efecto, la herida había desaparecido. Jensen observó su antebrazo, sólo para notar que también estaba perfectamente sano. Hasta su hombro se sentía mejor. ¿Ese ángel lo había sanado? ¿Esa era su forma de decirle que estaba de su lado? El miedo recorrió su cuerpo.
Hope...
Empuñando su cuchillo con su mano izquierda, se apresuró a subir las escaleras. ¿Cuánto había estado dormido? ¿Diez minutos? ¿Tres horas? Tal vez ya se la habían llevado. Idiota, estúpido, como se permitió bajar la guardia en una situación así.
El alivio recorrió su cuerpo cuando llegó a la habitación de los padres de Hope, encontrando el vuelto bajo las mantas dándole la espalda. Le había recomendado acostarse allí, dado que su habitación era demasiado fría por culpa del hoyo en la bóveda de cristal.
“Está bien. Ella está bien” — Se dijo a sí mismo, soltando un suspiro de alivio. Dio un paso hacia la habitación, pero algo lo detuvo.
Hope escondía muchos secretos. Y jamás había tenido que cazar un ángel, jamás había escuchado nada malo acerca de ellos. Por sobre todas las cosas, ¿estaba enfrentándose a Dios al desobedecer? Jensen no era un creyente, pero la idea de que las palabras de Izrael fuesen verdaderas no lo dejaba tranquilo. Alzó el cuchillo en aire, viendo su propio rostro reflejado en la hoja.
Sabía que no mataría a Hope. No tenía motivos para hacerlo, él no era un hombre de fe. Pero no dejaba de preguntarse por qué estaba dispuesto a arriesgar su propia vida para mantenerla a salvo. Por lo que sabía, acababa de desafiar un poder mucho mayor a cualquier cosa que hubiese enfrentado en su vida. Y lo había hecho por ella. Por esa muchacha impulsiva y desobediente, amable y gentil.
Jensen inspeccionó la habitación, como quien busca monstruos debajo de la cama o en el closet. Quizás sintiendo que él estaba allí, Hope se volteó hacia su lado, musitando entre sueños. El muchacho sonrió, y se sentó en el piso con su espalda dando hacia la cama. Temía dejarla sola de nuevo, más ahora que sabía que otra cosa estaba tras de ellos. Intentó mantenerse despierto, pero en unos cuantos segundos, también se durmió.
Y esta vez, sus pesadillas no estaban protagonizadas por ángeles. Sino por sombras, fuego. Y ojos amarillos.


Última edición por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 10:33 am, editado 2 veces
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Hope Everdeen el Lun Ene 20, 2014 6:10 pm

El viento soplaba sutilmente, un susurro melódico que acarreaba unas palabras que resonaron en sus oídos: “Despierta”. Pero ella no sabía cómo hacer eso. A su alrededor todo era negrura pero no una oscuridad normal, sino que esta parecía tener forma propia. Antes de que pudiera pensar en lo inverosímil que fuera que pudiera verse aunque estuviera sumida en las tinieblas, éstas últimas recorrieron su cuerpo como si se tratase de una anaconda. Se movió desesperada, sus brazos frenéticos trataban de arrancar esas sombras de sí, pero no hubo caso. Quiso gritar pero entonces la oscuridad la engulló por completo.

Cayó de bruces sobre un pasto recién cortado. Confundida, tocó su cuerpo para ver que no había ninguna sombra extraña sobre ella. Suspiró aliviada, aunque su calma de segundos se vio interrumpida por el ruido de varios pasos.

Alzó la vista y entonces lo vio: esas personas cuyo rostros le resultaban conocidos. Eran los cuerpos de todos los demonios a los que había enfrentado esa noche.

No puede ser…   – susurró espantada.

El padre Zacharias, al frente, alzó su mano para señalarla.

Por tu culpa hemos muerto. Eres nuestra asesina.  

Hope retrocedió unos pasos aterrada.

Yo…no quise…  

Es tu culpa   – le interrumpió, sus palabras sonaron con solemnidad y frialdad. Hubiera preferido cientos de veces verlo gritar que presenciar esa gélida mirada  –. Nos han poseído porque te quieren a ti. Tú nos has matado.  

Ella no pudo decir ninguna palabra. Se quedó helada en su lugar, viendo como aquellos fantasmas daban un paso al costado, dejando entrever una hilera estrecha. Dos personas caminaban hacia ella, sus rostros eran increíblemente familiares, a la vez que su mirada completamente ónice le era totalmente ajena.

 Papá…mamá… – Hope cayó al suelo de rodillas, incapaz de contener tanto peso. Sus padres seguían avanzando, sin mostrar una pizca de emoción en su rostro. Estaban totalmente poseídos, completamente idos –.  Lo siento tanto.  

Sus palabras fueron opacadas por el sonido de dos disparos. Hope gritó aterrada, viendo los cuerpos de sus padres desplomarse frente a ella, con la sangre manando de sus respectivas frentes. Corrió torpemente hacia ellos, cayendo a su lado y abrazándolos. Su ojos retomaron a su color habitual, esa apacible mirada verde en el señor Everdeen  y aquella cálida color miel de su esposa.  No había luz en ello. Ni un atisbo de vida.

 ¡¿Por qué hiciste eso?!  – gritó volviéndose hacia el Cazador, el causante de esos disparos –.  ¡Eran mis padres! ¡Ellos no iban a hacerme daño!  

Se quedó muda al sentir la frialdad del cañón sobre su frente. Miró unos segundos el mismo y luego posó su mirada magenta en el cazador. El miedo lo era todo, sentía las gotas de sudor frío deslizándose por su frente y su nuca. En aquellas orbes de un intenso escarlata sólo había odio y repulsión, ni más ni menos.

]Eres un monstruo    – murmuró con aversión –. Debo matarte.  

Y todo se hizo un eco en su cabeza, las palabras no paraban de repetirse dentro de ella dolorosamente. “Eres culpable” “Tú nos has matado” “Eres un monstruo...

...“Despierta”

Y el disparo fue el preludio de su muerte.




Un grito interrumpió la calma del ambiente.  Ese sonido agudo y desgarrador que hacía tiempo no escapaba de sus labios. Se incorporó de repente, respirando agitada y con gotas de sudor camuflándose con las lágrimas. Vio una mancha marrón que se paraba de un salto, empuñando su arma con nerviosismo. Al parecer el Cazador había optado por descansar un rato en su cuarto, hasta incluso pudo haberse quedado dormido haciendo guardia, a fin de cuentas tampoco era inmune al cansancio producto de esa ajetreada noche.  

 Sólo fue una pesadilla, relájate – suplicó agachando la mirada. No quería que viera que estaba llorando, mucho menos por algo que él debía considerar tan absurdo como lo era un simple mal sueño. No era momento para que creyera que era débil por lo que limpió las lágrimas con rapidez –.  Me daré una ducha rápida, deberías hacer lo mismo, te hará bien – saltó de la cama y fue hacia los cajones, sacando un poco de ropa limpia que pudiera quedarle. El señor Everdeen, si bien era un hombre de aspecto bonachón, también era un poco más grande y alto que el Cazador. Tomó las prendas más chicas de él, las que se quejaba de que ya no le quedaban: servirían para el castaño –. Puedes usar esto, supongo que te quedará – le dejó las prendas pulcramente dobladas al borde de la cama –. Hay un baño anexo en esta habitación, puedes usarlo.  

La ducha fue rápida, nada de dar demasiados rodeos, simplemente dejó que el agua le refrescara y alejara los vestigios de aquella pesadilla. Se vistió con lo primero que encontró en el desorden de su habitación, un pulóver largo de color rosa pálido que caía hasta la altura de sus muslos, ocultando gran parte del short negro que llevaba debajo y unas botas beige con peluche en el medio que hacían juego con el conjunto. Cuando bajó a la cocina no había nadie, indicio de que el castaño debía seguir arriba. Comenzó a preparar un café, no sabía qué desayunaba él pero optó por lo más obvio, lo necesitaría considerando que no había descansado prácticamente nada: el reloj marcaba las cinco treinta de la madrugada, los débiles rayos matutinos apenas hacían aparición, fundiéndose con el cielo creando un hermoso tono rosa. Hope lo apreció por unos segundos, viéndolo desde la ventana que daba al jardín. Escuchó los pasos del Cazador, distrayéndola de su escrutinio.

 Ten, te hará bien – le ofreció el café, sonriéndole con amabilidad por unos segundos, aunque evitaba verlo al rostro. En la mirada magenta de la muchacha se veía claramente que no quería mencionar el tema de sus pesadillas, como si éstas jamás hubieran existido – Le puse tres cucharadas de azúcar, no sé realmente con cuánta las bebes. En realidad, ni siquiera sé tu nombre, por cierto, ¿cómo te llamas? – escuchó con atención su respuesta y arqueó una ceja –. ¿No vas a decirme? Está bien, te llamaré Eugene, te sienta ese nombre  – rió suavemente.

Bebió de su taza, prestando atención en un símbolo que había sido dibujado rápidamente en la pared. Decoración que no había el día anterior a esa misma hora, sino que ésta era parte de los varios adornos que el Cazador había hecho en su hogar –. No hay posibilidad de que pueda quedarme en casa, ¿verdad?  – preguntó con falsa calma. Sabía qué iba a contestarle, su habitación destrozada, las trampas anti-demonios en su casa, su pesadilla y los golpes que tenía eran suficiente respuesta. El Cazador dijo lo obvio y si bien era consciente de qué no había otra alternativa, Hope no pudo evitar sentir una punzada en su pecho. Alzó la vista con tristeza, sin evitar verlo con cierto reproche injustificado. Pero éste duró unos segundos, reemplazándose por la sorpresa y la incredulidad. Acercó su rostro al cazador con sus dos grandes ojos magenta sin pestañear, totalmente fijos en él. Tocó su frente, descendiendo con su izquierda por su mejilla en un suave movimiento –. Estás sano, no tienes heridas – susurró –. ¿Qué eres?  Eso no es humano. 

Su tono de voz era tranquilo, demasiado para alguien que había pasado todo el día anterior siendo perseguida por demonios. Pero Hope le debía la vida al Cazador y sabía que podía confiar en él, independientemente de la sangre que llevara en sus venas. Lo miró a los ojos, pudiendo imaginarse como detrás de los mismos, su mente trabajaba a mil por hora para mentir. Reconocía esa mirada porque ella también la había tenido varias veces, una que no quiere contar y prefiere ocultar ese secreto –  ¿Sabés qué? No es necesario que me digas, prefiero no saber a que me mientas.  

Se alejó de él, dándole la espalda. Tenía que hacer los preparativos para irse, no había demasiado tiempo disponible hasta que los demonios dieran de vuelta su gran aparición.

 Por cierto – lo miró por encima de su hombro –. Me alegro que estés mejor. Iré a preparar el bolso, prometo no tardar.

Apuró su paso a su cuarto, sin poder evitar soltar un gemido lastimero cuando vio el estado en el que se encontraba. Aún le costaba acostumbrarse a esa imagen, más aún porque fue el único sitio donde se sintió realmente cómoda alguna vez. Tomó su mochila, sacando sus libros y carpetas de la escuela para poner otro tipo de pertenencias como artículos de limpieza personal, un cambio de ropa, su billetera con dinero, identificación y la tarjeta crédito, su teléfono móvil y su preciado cuaderno de dibujo, con su respectivo estuche lleno de lápices de distintos grosores y colores. Inspeccionó la habitación, buscando qué otra cosa podía guardar en lo que sería su bolso de mano, agregando una lata de  gas pimienta (comprobaría si era tan útil en demonios como lo era con los humanos)  y una foto que tenía con el Sr. y la Sra. Everdeen. Apreció ésta última con nostalgia, sin saber si volvería a ver de nuevo aquellas sonrisas tan cálidas que siempre le ofrecían.

Un crujido llamó su atención. Miró asustada a los alrededores, guardando al mismo tiempo la fotografía. En una de las paredes había una pequeña grieta, una que estaba segura que hacía cinco minutos no estaba. Otro sonido, el surco fue ampliándose, extendiéndose a una velocidad vertiginosa.

 ¿Qué...?  

Y de repente, la casa tembló.

Hope trastabilló, cayendo al suelo. A su alrededor todo estaba en movimiento y cayéndose: los cuadros, los libros y adornos de sus estantes, incluso la lámpara de techo se hizo añicos. Su espejo se resquebrajó, al igual que los restos del techo. Fragmentos de vidrio caían como si se tratase de lluvia y sobre éstos, en lo alto del cielo, se exhibía una imponente figura.

La muchacha se quedó paralizada viéndolo. Era un hombre alto, vestido con un elegante traje. Su cabello rubio ceniza brillaba con la luz del Sol, pareciendo de oro puro. Sus ojos, de un intenso azul, eran como el hielo: claros y llenos de frialdad. Había algo en su expresión austera que lo hacía destacar de una persona normal, que te daba a entender que era alguien con poder.  Pero lo más llamativo de él eran sus alas: magníficas e imponentes, extendidas de par en par, exhibiendo todas sus plumas níveas. Su aura de un destellante blanco se arremolinaba a su alrededor, desprendiendo chispas de energía. Hope jamás había visto algo tan bello y terrible a la vez.

El ángel alzó su mano y la señaló. Por unos segundos Hope recordó su pesadilla, al padre Zachariah apuntándole de igual forma, acusándola de ser culpable. Pero ese magnánimo ser no iba a hacer eso, ¿o sí?

 ¿Vas a salvarnos?   – preguntó esperanzada.

Un fragmento de vidrio voló hacia ella, haciendo un corte en su mejilla a modo de respuesta. Ella tocó su herida, viendo como su mano se manchaba del cálido líquido carmesí. Su instinto de supervivencia se activó con rapidez, dándose cuenta de la amenaza inminente. Se levantó con rapidez y tomó su mochila, empezando a correr hacia la salida. La casa comenzó a temblar de nuevo con más fuerza, como si se tratase de un terremoto, complicándole avanzar. Cada objeto a su alrededor caía destrozado a sus pies. No faltaría mucho para que la misma casa se derrumbara convirtiéndose en una montaña de escombros.

No tenía sentido. ¡¿No es que los ángeles eran buenos y benevolentes?! ¿Por qué quería matarla? No sabía, pero eso le hacía preguntar con más fervor qué era ella. ¿Qué tenía? ¿Qué había hecho antes para que le hayan cerrado las puertas del cielo?  

No tenía tiempo para respuestas, su mente era un desorden pero fuera de ella era incluso peor con ese terremoto que aún no cesaba. Al llegar a las escaleras encontró al castaño parado en la mitad de ellas, dispuesto a avanzar ya armado para la batalla.

¡No subas! – gritó bajando como pudo. Si no él no la hubiera agarrado de la cintura, habría caído a los pocos escalones –. Un ángel... un ángel quiere matarme – musitó con nerviosismo, apretando su camisa del estrés –. Esta casa va a derrumbarse, debemos salir ahora.

Llegaron al living al momento exacto en que la televisión se desplomó con brusquedad. El terremoto se detuvo de repente y antes de siquiera poder reaccionar, una de las paredes explotó.

De la nube de polvo apareció el ángel, sin una pizca de suciedad en su traje refinado. Ya no había alas detrás de su espalda, caminaba hacia ellos con las manos en su bolsillo, tan relajado como si fuera un encuentro entre viejos conocidos.

¿Lo harás?   – preguntó el ángel. Sus ojos estaban fijos en el castaño, quien dio un paso al frente a modo de respuesta, sirviendo de escudo para ella –. Ya veo – los muebles a su alrededor salieron desprendidos hacia los costados, dejando un espacio amplio y espacioso, sin objetos que molestasen en su andar –. Grave error.  
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Re: Savin' me {Priv. Hope}

Mensaje por Jensen J. Ackles el Jue Ene 30, 2014 11:11 am



Savin' me



El poder era abrumador, infundía temor con una única y solitaria demostración. Diferente al de un demonio, este provocaba admiración, emanaba un aura puro y justo. El ángel tomó un respiro, sus ojos abatidos por una ventisca interna. Alzó su brazo, con la palma abierta hacia los jovenes. Podía ver al Cazador empujando a la condenada a sus espaldas, dejándola fuera del campo de batalla, escondiéndola de la mirada omnisciente del ángel. Por un momento, el celestial Izrael lo vio como un acto noble, y lamentó sus acciones sin poder encontrarle más remedio a la traición.
Una brillante y hermosa luz resplandeció de su mano, creciendo en su resplandor al ritmo de un molesto y agudo zumbido, capaz de hacer arder los tímpanos a los mortales. Los focos de la casa comenzaron a parpadear en un caótico y bizarro acto estallando en chispas a medida que la oscuridad lo devoraba todo. Sólo los ocasionales relámpagos y la luz de la luna había quedado para atestiguar ese inverosímil acto, digno de una obra teatral.
Como el flash de una cámara, cegó la visión de sus víctimas, y no les otorgó oportunidad alguna a reaccionar. El haz blanco puro resultó en un destructor y ardiente torrente, que arrasaba y borraba de la existencia todo a su paso. Un segundo después, todo había acabado.
El ángel bajó el brazo lentamente, el sonido y la luz desvaneciéndose poco a poco. Observó incrédulo a Jensen alzando el rostro, parpadeando dolorosamente, aturdido; pero indudablemente vivo. Podía escuchar los susurros de miedo la condenada a sus espaldas, a salvo tras la inexplicable barrera que emanaba el Cazador. Olvidando contra quien se batía a duelo, abrió una clara grieta a un contrataataque. Jensen arremetió con ferocidad.
Con la velocidad de un halcón, desgarró el aire con el letal filo del sable. De haber sido un oponente común y corriente, sería un golpe devastador. El ángel, sin embargo, no lo era. Ni siquiera necesito respirar.
¿¡!? — La hoja del castaño no encontró su objetivo, balanceándose en vano. Confundido, Jensen alzó la mirada y vio al ángel retomar su postura dos pies por delante suyo. Era rápido.
Sin desperdiciar la energía del impulso inicial, continuó avanzando mientras giraba sobre sí mismo. Su pierna se alzó a mitad del momentum, en una veloz patada. Izrael no lo vio venir hasta que fue muy tarde. El rostro del ángel se vio abatido, empujado a un lado. Jensen aprovechó para retomar el equilibrio lanzando su puño en dirección contraria.
Izrael interceptó el golpe, atrapándolo en su palma. Por más de que el Cazador intentase zafarse, el ángel presionaba sus nudillos dolorosamente, regresando sus ojos a él con lentitud. Estaban llenos de cólera e intención asesina. El castaño se estremeció.
¡Hope, sal de...! — El aire abandonó sus pulmones a mitad de la frase, con la palma abierta del adversario azotando su pecho. La fuerza era tal que el cuerpo del muchacho salió despedido por los aires, todo el camino hacia el otro lado de la sala. Su espalda aterrizó sobre la pequeña mesa de vidrio, un concierto de vidrios rotos resonando con el impacto. Jensen se retorció, incapaz de respirar. Parecía que lo acababa de embestir un toro.
Alzó el rostro, dedicándole una mirada penetrante a la pelirroja.
Corre... — Murmuró apenas. Sin respuesta. Chasqueó su lengua y reiteró, con una voz atronadora. — ¡Te dije que corrieras!
Apretó sus dientes en un lento y visiblemente doloroso intento de reincorporarse. El ángel se dispuso a seguir a la prófuga, después de todo, era ella a quien debía asesinar. Era lento, se tomaba su tiempo. Como si la víctima no tuviese escapatoria por mucho que se alejase: al igual que el asesino en una película de terror.
El Cazador alzó velozmente su pistola, resonando con fugaces chispazos sobre la boca del lobo que era el cañón. Jensen sabía que no lo mataría, pero aspiraba a ralentizarlo. Izrael ni siquiera lo miró, dejó que sus ropas se chasmucasen pues los proyectiles jamás  lo dañarían. El humano era una molestía, poco más que un mosquito entusiasta. Hizo un ademán con el dorso de su antebrazo, y el cuerpo del Cazador se vio azotado contra la pared del lugar. Soltando un gemido de dolor, el cristal que protegía el cuadro a sus espaldas se astilló describiendo la forma de una irregular telaraña sobre el paisaje otoñal.
Izrael vislumbró por el recoveco de sus ojos como Jensen caía cabizbajo, recargando el arma en un proceso casi robótico. Era persistente, reconocería eso.
Lo entiendes ahora, ¿o no? — Preguntó en voz calma, compadeciente. — La diferencia entre algo como tú, y alguien como yo es... bíblica.
El ángel se dispuso a continuar la persecución. Todas las entradas y salidas estaban selladas por su poder sobrenatural, la chica no tenía por dónde escapar. Pronto, su misión estaría completada.
Detente. — Exigió el castaño alzándose rápidamente, tambaleándose un tanto, pero empuñando su sable en conjunto con el arma de fuego con una postura digna de un boina verde.
Suspirando, el contrario lo ignoró, avanzando por el pasillo, hacia la muchacha. Fueron apenas unas zancadas las que logró dar antes de detenerse, perturbado por un innatural cambio en el ambiente. Parpadeó varias veces, un sentimiento de ardor invadiéndolo, como si su sien acabase de estallar. Desconcertado, llevó su índice y mayor hacia su rostro, y al observar las yemas, vio sangre. Desde sus fosas nasales, un hilo carmesí descendía en un ritmo lento, continuo. Giró apenas noventa grados antes de encontrarse con un espejo bellamente enmarcado, de apariencia pesada y medieval. Reflejaba la bizarra figura, expandiéndose ese mal ahora hasta sus ojos. Las venas rodeando a ese par de irises frías y crueles se hincharon cada vez más, hasta estallar en pequeños derrames. Como la tinta apoderándose de la transparencia en un vaso de agua, el rojo pronto lo invadió todo. Resultaba difícil mirarlo sin sentir un incómodo lagrimeo.
A través de la ventana al final del corredor, los relámpagos iluminaron la escena. Sobre el cristal, había algo más. Un trazo preciso y de una forma aparentemente aleatoria; un símbolo. Izrael no tardó en darse cuenta, comenzó a girar sobre sí mismo. Habían más; sobre las paredes, sobre los muebles. Escondidos a simple vista, pero presentes. Los mismos caracteres que le habían prohibido la entrada a esa casa. Había entrado en una trampa.
Fue un error de novato, mostrarme esos garabatos. Es decir,...— dijo Jensen, su figura delineada entre los destellos con su espalda descansando sobre la pared cerca del final del pasillo. Llevó su dedo índice al lado de su cabeza.— Buena memoria. Es algo que llega con este trabajo.
Izrael continuaba sangrando, soltando sonoras respiraciones, encolerizado. Miró primero a Hope, y luego al Cazador. Estaba en medio de ambos, entre su misión, y el insecto que zumbaba en sus oídos. Le habían dicho que no lo aplastase, que no lo hiciera añicos, que no lo convirtiese en un montón de huesos rotos y tendones desgarrados... De no ser necesario. Y para el ángel, matarlo era ahora una imperiosa necesidad.
Sabes..., — Habló con su singular voz, capaz de captar toda atención. No sonaba derrotado, y lo que es peor, tampoco sorprendido. Jensen tragó saliva. — Pensaba dejarte vivir, por un pedido especial. — Arrugó su frente, alzando su mano al costado de su cabeza con sus dedos extendidos. — Pero... has sido,... un verdadero... — Cerrando el puño cual si tomase un objeto invisible, la atmósfera comenzó a agitarse. Una corriente de viento absurda recorrió el espacio entre la pelirroja y el castaño, la bufanda de Jensen se agitó a sus espaldas. Y los símbolos, sus salvadores, comenzaron a arder. Se evaporizaban uno tras otro, en descargas que sonaban como llantos, llantos de una esperanza que moría. Izrael no sonrió, ni se burlo. Sólo se mantuvo allí, parado. — Un dolor en el... — Como si tratase de medir sus palabras, concluyó solemne. — ...Un incordio.
De pronto, pareció que una paloma hubiese levantado vuelo cerca un micrófono. Un aleteo potente acompañado de una brisa inquietante fue todo lo que percibieron. Jensen ahora podía ver a Hope, y Hope podía ver a Jensen. Pero ninguno sabía a dónde se había ido el ángel.
¡Hope, aléjate de...! — Demasiado tarde. Él había regresado. Y lo había tomado por la garganta, justo por el espacio que separaba su mentón de la bufanda, con una fuerza tal que parecía estar a punto de degollarlo a mano limpia. — ¡Tsk!
El Cazador intentó luchar, el Cazador intentó zafarse. Intentó empuñar su sable, pero Izrael lo detuvo, y con una fuerza monstruosa, presionó su muñeca hasta que lo soltó. Sus pies se separaron del suelo y su espalda azotó la pared. Apretaba los dientes, su cuerpo desesperado por aire. El ángel había elegido matarlo primero, no contaba con eso. Si moría, la muchacha estaría por su cuenta, seguramente la asesinaría también. En esa posición, eso era en todo lo que podía pensar. Apretaba el antebrazo del ángel entre quejidos, este sólo respondiendo con un apriete más cruel.
Escúchame bien, Jensen Ackles. Porque debes saber el motivo por el cual serás arrojado al lago de azufre y roca derretida. — Pronunció el ángel. Daba la impresión de un oficial recitándole sus derechos a un criminal, un proceso robótico y sin alma; bastante adecuado para el celestial. — Ella, la muchacha que proteges tan fervientemente, no es humana. Ni siquiera está cerca de serlo. Ella, te está, usando.
La mirada del castaño comenzaba a tener vacíos negros, lagunas que daban muestra de que en poco tiempo perdería el conocimiento. Entonces sus pupilas brillaron, no con un reflejo, sino con luz propia. El carmesí de esas lunas teñidas de sangre se fijó en el ángel como los ojos de un lince entre las penumbras. Izrael se sorprendió, puede que hasta haya sentido un leve temor al percibir tanto odio en una sola mirada. Pero sólo respondió con... repugnancia.
Ahora,... ahora entiendo que hayas tomado esta decisión. Después de todo, debes sentir empatía hacia ella, ya que tú mismo eres un monstruo. Uno mucho más bajo y lamentable, de cualquier forma...— dijo como si tratase con menos que una cucaracha.
Jensen quería arrancarle los ojos. Jensen planeaba romper sus huesos. Jensen iba a matarlo de maneras tan dolorosas que escapan a la imaginación. Ya podía sentirlo, tan sólo un poco más. Tan sólo un poco más de odio, y entonces él desgarraría la carne de ese arrogante ángel.
Este dijo algo que no entendió. Estaba seguro de que había dicho algo, pero no llegó a escucharlo. Y luego una luz blanca, incandesente brillo sobre ellos. El ángel se volteó hacia ella incrédulo, y esta se lo llevó lejos, lo desvaneció de escena.
El cuerpo de Jensen cayó al suelo. El joven tocía para recordarse que aún estaba vivo, le dolía respirar. No necesitaba verse en un espejo para saber que el tinte de sus ocelos poco a poco bajaba. La jaqueca que implicaba quedarse a mitad de camino lo delataba. Había faltado poco para que perdiese el control una vez más. Sentía que le faltaba el aliento allí, inmóvil, tratando de volver a reclamar el dominio sobre sí mismo.
Buscó al ángel por todas partes, pero se había ido. No quedaba rastro alguno de él, sólo la devastación que era ahora esa casa repleta de focos y vidrios rotos. Mas eso no importaba, sólo una palabra cosquilleaba en sus labios en ese momento.
Hope. — Tal fue la desesperación, que olvidó tomar sus armas. Pasó corriendo junto al sable, a la pistola, hasta el final del pasillo. La única puerta por dónde Hope podía haber intentado escapar. Tomó el marco de la puerta y se paró bajo el umbral. El pecho le dolió un doloroso vuelco.
Sangre, veía mucha sangre. Manchando el blanco mármol del lavamanos, el espejo del botiquín, el piso. Y en medio de todo estaba el cuerpo de Hope, inerte en el centro. Jensen gritó su nombre, pero ella no lo podía escuchar. Parecía estar en un punto en que siquiera mantenerse consciente era un logro. El Cazador la levantó del suelo rodeándola con su brazo, buscando heridas. Al tomar su mano, sintió el correr de la sangre y giró la palma hacia él. Un tajo profundo y grueso iba desde el pie del dedo menor hasta el mayor. Mas no habían más heridas, toda la sangre provenía de allí; de ese solitario corte. Al examinar la habitación, encontró una navaja de afeitar  que se jactaba de ser ñala causante. Hope se había cortado a sí misma.
— ¿Qué...? ¿Por qué? — Jensen estaba preocupado, su respiración lo reflejaba, arrugó su frente. Sin atreverse a dejarla de nuevo sola sobre el frío suelo, preguntó con angustia en sus ojos. La muchacha respiraba levemente, y sólo señaló con la mirada el punto que deseaba que viese.
El castaño obedeció, y prestó particular importancia a la sangre sobre el espejo del botiquín; y sus ojos se abrieron de par en par. Un símbolo, tan terroríficamente similar a los que él había dibujado, se encontraba plasmado en sangre.
En ese momento, Hope perdió el conocimiento.



Jensen no podría estimar cuanto tiempo condujo, cuántas llamadas hizo. Cuántos arbustos pateó ni cuantos favores tuvo que cobrar. El volante no dejó de girar durante la siguiente hora, y el celular no se alejó de su oído más que para marcar otra llamada. Había vendado la mano de la muchacha, envuelto en una manta su cuerpo, y sentado a su lado su frágil persona. De tanto en tanto ella despertaría, escucharía al Cazador alzar la voz quien fuese que estuviese del otro lado de la línea. Le escucharía decir cosas como “ángeles” y “crisis”, lo escucharía hablar de un Ampala negro y de un sótano lleno de armas. Entonces Jensen notaría que estaba despierta, le hablaría con voz amable pidiéndole que descanse, que ya estaba a salvo. Y ella lo haría, no porque quisiese, sino porque el sueño era más fuerte.
Cuando sus ojos se abrieron definitivamente, cuando pudo mantenerse despierta por más que cinco segundos sin desmayarse de nuevo, ya no estaban en el vehículo. Estaba acostada en una cama, tapada hasta los hombros por cálidas mantas. Su cabeza descansando sobre una almohada de plumas, tan suave que provocaba no quererse levantar jamás. Pensar que todo había sido un sueño quizás hubiese sido la mejor noticia. Pero no se encontraba en su habitación. A decir verdad, ya no se encontraba en Bucarest.
Estaban en medio de la nada, literalmente. En una región rural lejos de la bulliciosa ciudad, una casa de dos pisos amplia y bellamente decorada por antiguos muebles, con un diseño arquitectónico que databa de varias décadas atrás.
Escaleras abajo, una chimenea crepitaba alegremente. Varios sillones se distribuían a su alrededor. Sobre el más lejano al fuego se podía ver una chaqueta y una bufanda dobladas con mucho cuidado. Las pilas de viejos manuscritos del siglo quince y manuales de brujería, todo lo que tuviese la palabra “ángel” sobre ellos, yacían aquí y allá. Nada que sirviera en verdad, nada sólido. El Cazador los había repasado a todos, marcado las páginas que le interesaban, y los había dejado olvidados en la soledad.
Era una pérdida de tiempo. La única arma real que tenía a su disposición, lo único que sabía que lograba expulsarlos, era ese símbolo que la pelirroja había dibujado. Cómo y por qué lo sabía, Jensen no había parado de preguntárselo a sí mismo en todo la mañana. Ni siquiera había comido, ahora que lo pensaba.
En un escritorio enorme en el centro de la habitación se encontraba el castaño. Hojeando con letargo un Grimoire con un pentagrama tallado sobre la tapa, bostezó sonoramente. Dos pilas de libros que competían en altura se alzaban a sus costados. Si uno las siguiese con la mirada, notaría el extraño y bizarro heptagrama que había sido dibujado sobre el techo. Una estrella de siete puntas bastante particular, con gruesas líneas sobre las que transitaban una serie de caracteres de algún idioma antiguo. En el centro, se hallaba dibujado con sumo detalle un escorpión. Una obra bastante extraña para tener en el living de una casa, pero también asombrosa y capaz de atrapar la atención de uno.
El Cazador descansó su rostro sobre su puño, soltando un leve suspiro prevío a un sonoro bostezo. No notó que Hope había bajado las escaleras hasta que el último peldaño, aquel que chillaba, le advirtió. Jensen alzó la mirada hacia ella, y por un momento no supo que decir. Sólo alzó una media sonrisa, sin poder evitarlo. Le alegraba tanto verla sana y salva.
No podía explicarlo, pero desde el momento en que se había desmayado, sólo se había preocupado por encontrar un refugio. Un lugar dónde poder montar guardia hasta que la muchacha recuperase sus fuerzas. Así fue como habían llegado hasta allí. Y el Cazador no había parado de investigar y leer, de encontrar una manera de protegerla de sus nuevos y superiores perseguidores. No lo comprendía, no entendía que lo estaba impulsando, se decía a sí mismo que sólo hacía su trabajo. Sin embargo, en el fondo sabía que se mentía a sí mismo.
Buenos días. — dijo finalmente. Sus ojos se dirigieron a su mano, la cual había vendado, antes de regresar a ese par de irreales ojos magenta. —¿Te sientes bien? ¿No quieres descansar un poco más?
No, definitivamente no lo comprendía. Pero sentía la dominante necesidad de siempre volver por ella, de siempre estar allí cuando corría peligro. Desde el segundo que la había visto, no había hecho más que salvarla una y otra vez. Y en el fondo, en lo profundo de su mente, lo sabía. Lo seguiría haciendo, sin quejarse ni protestar. Algo en ella, algo que no comprendía, lo obligaba a eso. Era como si...
¿Quieres comer algo? — Preguntó nuevamente.
Era como si hubiese nacido para protegerla.
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