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Born to die [pv Gray]

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Born to die [pv Gray]

Mensaje por Lucy R. Daimaou el Lun Abr 06, 2015 4:33 pm


Born to die
Dare you?


Me incorporé lentamente de mi cama comprobando la lúgubre habitación en la que me encontraba. Era normal tener aquello, al fin y al cabo era una sirvienta, no podía aspirar a nada mejor y pedírselo al amo no estaría bien, pero tampoco deseaba mas. Me conformaba con eso. No anhelaba la riqueza ni nada parecido, solo quería caminar, solo quería que me dejaran caminar hacia delante sin recibir nada a cambio, luchando por todos para crear un futuro, una esperanza que no me importaba no ver. Solo con colaborar para crearla estaba más que satisfecha. Hoy parecía que me había levantado con aires de heroína. Vaya por dios. Tal vez si me preocupara un poco mas por mi misma y no por los demás me iría mejor...pero de hacerlo no sería yo.

Acabé de ponerme en pie con rapidez saltando de la cama dispuesta a empezar cuanto antes un nuevo día. Tomé mis oscuros harapos y por debajo, como siempre me puse el vestido blanco que tanto me gustaba y que casi siempre llevaba puesto. Luego por encima, un gorro de panda y los guantes blancos y negros a juego con el gorro en forma de garritas. Me acerqué a ese trozo de espejo roto que tenia y me miré-bien, lista, allá vamos...grrr!-dije dedicándome una sonrisa y moviendo las garritas como si fuera un temible oso panda mirándome al espejo para luego echarme a reír por lo bajito, era hora de despertar al amo y salir a dar una vuelta a comprar algo.

Entré en la habitación y con mucho cuidado levante las persianas y descorrí las cortinas dejando que la luz entrara al cuarto del amo-Buenos días señor, le iré preparando el desayuno, luego me iré a la compra-dije en tono solemne volviendo a desparecer por la puerta encaminando hacia la gran cocina. Tomé todo lo necesario en el carrito y lo coloqué sobre la mesa ordenadamente como al amo le gustaba y luego me puse mas a la obra. Estaba famélica.
Tome el pan crujiente que había en una de las bandejitas. Le eché un poco de mermelada de fresa por encima, me lo metí en la boca sosteniéndola con los dientes. Me levanté completamente emocionada y me encaminé hacia uno de los balcones abriéndolo de golpe mirando todo lo que había allí abajo. La gente yendo y viendo de un lado para otro, riendo, hablando, chismorreando, trabajando. Que felicidad! Tantos colores sueltes por allí, en verdad los amaba! Pero...que se me había perdido allí? Un tesoro tal vez? Quizás era solo un simple sitio en el que pasar el día? Donde buscar la guarida de un dragón? Mejor que dejara de inventar. Sabía que tenía que ir a comprar. Simplemente eso.
Rápidamente terminé la tostada un poco a regañadientes, ya que a pesar de haberle puesto por encima aquel liquido llamado mermelada seguía sabiendo a ceniza.

Estaba algo cansada aunque no lo pareciera. Aquella noche no había podido pegar ojo, pues las pesadillas no me habían dejado. Aquel vacío oscuro y negro en el que corría sin descanso, donde no se oía nada, ni mi agitada respiración, ni mis pasos, ni mis caídas…nada…todo quedaba reducido al silencio por mucho que insistiera en gritar.
Negro. Frío. Sombras. Mis sombras tenebrosas.
Siempre estaba sola junto a ellas a pesar de que lo único que yo quería era jugar y pasármelo bien en aquel mundo lleno de vida y de color al que ahora pertenecía. Pero la pregunta más importante que se formaba en mi mente era, si no recordaba nada, donde se suponía que había vivido todo aquel tiempo que no recordaba?
Era confuso. Solo lograba recordar oscuridad como una noche eterna, sin más color que ese, el negro que lo devoraba todo, ese negro carbón. No había luz, ni olores, ni esa cosa roja que odiaba tanto. No había nada, solo el eterno silencio oscuro, sombras y pesadillas…

Sacudí mi cabeza un par de veces y salí con rapidez de la mansión. No sin antes despedirme del servicio y del amo que ya bajaba a desayunar. Estaba sola. Completamente sola...no había nadie que pudiera calmar mi dolor o las lagrimas que amenazaban con desbordarse por mis ojos.
Estaba lejos, muy lejos de mi punto de origen. Estaba perdida. A mi alrededor había gente desconocida, gente que no sabía de mi, gente de la que no sabía, gente que me asustaba y me empujaba alejándome de ella alegando que era un monstruo de ojos amarillos, un fantasma de ojos brillantes. Un demonio. Un vampiro que ni si quiera sabia la verdad.
No recordaba nada, las luces se desvanecían y yo seguía corriendo en mi mente intentando escapar para seguir con aquellas luces que eran mis recuerdos...algo inútil.

Cuantas aventuras habría vivido en todos aquellos años de vida acumulados a mi espalda y de los que no sabía nada? Demasiadas...y me odiaba por no poder recordarlos. Cuantas cosas habría aprendido en todos aquellos años? Cuantos chisme s me había perdido Cuantas risas? Cuanto dolor? Mucho.

Afuera el sol brillaba con intensidad a través de las nubes, por lo que no arruinó mucho mi piel que parecía resentirse solo un poco.
Todo estaba lleno de vida y color. Las gentes iban y venían sin preocuparse por mucho. Aquel lugar era agradable, parecía como si estuviera en casa.
Miles de olores agradable acudían a mi nariz y la gente comenzaba a amontonarse en los pequeños puestos de comida en los que la gente compraba suministros para afrontar un nuevo día y el de sus familias.
Las calles estaban abarrotadas y eso por alguna extraña razón parecía encantarme, todos yendo y viendo con rapidez y gran bullicio, sin pararse a pensar si quiera quien pasaba a su lado, que criaturas extrañas amenazaban sus pacificas e idílicas vidas, nada, no se daban cuenta. Jamás se darían cuenta, pero eso si…a la hora de juzgar a alguien tenían un don para la maldad…

Porque por tener los ojos amarillos ya te señalaban con el dedo y huían de ti? Tal vez no era por eso...tal vez yo desconocía la verdadera razón. Sería por mi pelo? No lo entendía, o no quería entenderlo, no me gustaba eso…porque el rojo era símbolo de desgracia? Porque el color de la sangre? La sangre de cuerpos fríos e inertes cayendo sobre el frío suelo de mármol creando un armonioso y ensordecedor sonido al chocar contra él.
Mi piel se puso de gallina. Odiaba la sangre.
Pero el color no, raro.
Era sumamente extraño, pero por raro que pareciera, me gustaban las cosas de color rojo, como las manzanas, los globos de las fiestas rojos, el carmín de los pintalabios de las mujeres, las tejas de los edificios. Todo rojo, ese color lo llenaba todo de vida y color.
No obstante eso no importaba...solo importaba el hecho de que me odiaba. Odiaba mis ojos amarillos como el sol y mi cabello rojo como la sangre…ese líquido rojo que tanto odiaba a pesar de no haberla visto nunca. Cada vez que pensaba en eso algo dentro de mi sabia hacía clic diciéndome que ya la había visto, que sabía como era y que verla de nuevo me traería los malos recuerdos que siempre había alejado de mi mente.

Pero por un momento quise olvidar todo eso y me dejé llevar por el viento, como una persona normal, hasta un puesto en la calle de fruta observando todas ellas. Aquello era un total espectáculo de color, pero como no, lo que más me llamó la atención fueron las manzanas rojas que estaban justo en el centro del puesto construido con madera-esto…perdone señora-dije amablemente llamando a la viejecita que atendía el puesto-po...podría darme 5 manzanas rojas?-sonreí ampliamente observándola.
Ella asintió y tomó 5 manzanas rojas para después meterlas en una bolsa marrón de papel orgánico. Después tomé la bolsa y pagué el precio acordado, pero por casualidades del destino o mas bien por infortunio, la anciana solo quería complicar las cosas y mintió sobre lo que había hecho diciéndole a lo que parecía su hijo, un hombre bien curtido que no había pagado ni un centavo.

La desesperación humana. Corrupción. Más. Dinero.

Tomé una de las manzanas de la bolsa y empecé a comerla tranquilamente mientras lo observaba todo hasta que al final un sonido detrás mía me sobresalto a la vez que alguien me tomaba del brazo con fuerza comenzando a retorcerlo haciendo que se me cayeran las manzanas al suelo.
Que estaba pasando?
Cerré los ojos dejándome llevar por el dolor , no me quería quejar, porque apenas sentía dolor, no obstante y por parecer normal acabé quejándome-auch...-susurré siendo elevada a algunos metros del suelo a la vez que aquel hombro gritaba lo que acababa de decir llamándome demonio y ladrona. Otra vez lo mismo...siempre era un demonio...siempre lo era, siempre decían los mismo, mis ojos me delataban, mi piel blanca, todo era mi culpa...pero yo no hacía nada para merecer eso! Entonces porque me pasaba eso? Es que acaso había sido tan mala en mi vida anterior que ahora tenía que pagar?
Yo sabia como era…y aunque intentara considerarme una chica fuerte no lo era...para nada. Era más frágil que el cristal y una leve brisa de aire podía llevarme volando lejos si así lo quisiera haciéndome caer al suelo. Eso sería fatal.

-Yo...-susurré suspendida a unos centímetros del suelo-yo...-no sabía que decir. Solo podía mirar hacia abajo sintiéndome completamente inútil en aquellos momentos-yo soy...-unas imágenes comenzaron a venir a mi mente haciendo que me quedara callada meditando.


-Oh oh oh...vamos arrodillaos!
Hace mucho mucho tiempo en algún lugar estaba el reino de La traidora inhumanidad donde reinaba Rin, la princesa de 14 años de edad. Poseía muebles muy caros y lujosos y un sirviente con un rostro similar. También tenía un caballo llamado Josephine, era el que más quería, poseía todo lo que quería.
Si el dinero faltaba no era problema, solo tiraba de una cuerda y ya, y si alguien se le llegara a oponer los mandaba a la guillotina y ya estaba.
-Vamos! Llevaosla!
Ella era una mala flor, una flor fina de un horrible color humano rodeada de malas hierbas de las cuales se nutría hasta hacerlas morir.
Pero un día, la tirana princesa encontró el amor, se enamoró del príncipe azul del otro lado del mar, no obstante el problema era que él ya estaba enamorado de la princesa del país verde.
Esto solo consiguió llenar de ira a la princesa e hizo llamar a su ministro pidiéndole con voz muy tranquila que destruyera por completo el país de verde.
Muchas casas ardieron, muchos vidas inocentes se perdieron, pero el lamento del reino verde no llego a la tirana princesa.
-Ah! es hora de la merienda.
Ella era una mala flor, una flor fina con una demoníaca coloración y aunque era la flor mas hermosa de todas tenia tantas espinas que nadie podía tocarla.
Por lo que para poder acabar con la malvada princesa el reino entero se revelo siendo encabezado por una guerrera con armadura rojo carmesí.
Asi comenzó una larga guerra, los soldados del castillo no eran un gran enemigo. Finalmente la corte real fue rodeada, todos los sirvientes huyeron y la princesa siempre fina y delicada fue al fin capturada.
-Ah! Una gran espada!
Ella era una mala flor, una flor fina de un horrible color humano pudiendo ver ahora como toda la utopía que tenia poco a poco se derrumbaba.
La hora de ejecución sera a las 3, la hora en la que las campanas tocan mientras que la princesa continuaba esperando completamente sola en la celda.
La hora de la ejecución llegó, las campanas anunciaran el final de la bruja y ella sin mirar en ningún momento al publico solo sonrió y dijo-Ah! Es hora de la merienda.
Era una mala flor, una flor fina de un horrible color humano que a partir de ese momento sería recordada como la hija del mal porque así lo era.


-No soy nadie-sentencie negando aquellas imágenes. Yo no era así...yo solo no era nadie. Solo una fugitiva que por misterios de la vida siempre se veía envuelta en conflictos hiciera lo que hiciera.
Quería dormir, sumirme en los brazos de Morfeo cuanto antes y nunca más volver a despertar. Para que querría alguien desmemoriado despertar? Para nada. Nadie me echaría de menos, nadie se preocuparía...pues al fin y al cabo yo era la que primero les había dejado de lado olvidándome de ellos, abandonándolos, rompiendo todas mis promesas y compromisos pasados para empezar una nueva vida, quizás no la que había soñado, pero al fin y al cabo una nueva. Porque, quien buscaba perder la memoria? Solo aquellas personas que habían vivido suficientes desgracias como para decir que bastaba.
Aun así, no tener recuerdos era más doloroso que las memorias fatídicas, ya que en ti se instalaba la incertidumbre, el que pudo haber sido, el vacío que se llenaba con vacío y te devoraba como un lobo hambriento en la nieve. Después todo se teñía de rojo.

Es que nunca me desearía de ese maldito color que me perseguía como las moscas a la miel? Como las moscas a los cadáveres muertos y putrefactos?


No...
Jamás.
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